En esas noches en que nos sentábamos frente a la
casa, bajo el árbol de castaño y alrededor de una mesa de hierro, y escuchábamos
desde el otro extremo del jardín, no el ensordecedor sonido del timbre que
anunciaba a algún miembro de la familia sino las dobles campanadas de algún
visitante. Todos se preguntaban quién podría ser. Sin embargo sabían muy bien
que sólo podía ser M. Swann. Mi tía, hablando en voz alta, para dar el ejemplo,
en un tono que trataba de hacer sonar como natural, les diría a los demás que
no susurraran pues no había nada más desagradable para un extraño que entrar en
un sitio y ver que la gente estaba diciendo cosas acerca de su persona que no
debía escuchar. Entonces mi abuela, siempre dispuesta a encontrar una excusa
para dar una vuelta más en el jardín, sería enviada como exploradora, y al
pasar sacaría los sostenes de algún rosal, para hacer que las rosas parecieran
más naturales.
Y ahí nos quedábamos todos, esperando las palabras
que saldrían de los labios de mi abuela cuando reportaba sobre el enemigo, como
si hubiera habido una cierta incertidumbre entre un gran número de posibles
invasores, y luego, poco después, mi abuelo decía: "Puedo oír la voz de
Swann." Y, de hecho, uno podía reconocerlo por su voz, pues era difícil
distinguir su rostro con su nariz arqueada y ojos verdes, bajo una frente alta
con flecos de pelo rubio, casi rojo, vestido con el estilo Bressant, porque en el jardín
se usaba tan poca luz como fuera posible a fin de no atraer a los mosquitos. Yo
me deslizaba sin llamar la atención para decirles que llevaran los jarabes pues
mi abuela pensaba que era mejor que las visitas no se enteraran que era algo
fuera de lo común.