El Retorno del Soldado

Jenny recibe la carta de Frank con la noticia que Chris, que había estado en el frente de batalla, está en Boulogne, internado, y que físicamente está bien, pero… De Rebecca West, El Retorno del Soldado.

… No lo he visto desde entonces, y es de noche, pero he tenido una larga conversación con el médico, quien dice que Chris está sufriendo de una pérdida de memoria que se extiende durante un período de quince años. Dice que aunque, por supuesto, será una dura prueba para todos nosotros, piensa que, en vista del deseo de Chris de estar en Harrowweald, debería ser llevado a casa, y me aconseja que haga todos los arreglos para traerlo la próxima semana.
Mientras tanto te dejo a ti el preparar a Kitty para este terrible shock. Ojala se tratara de una mujer diferente la que verá a mi pobre primo en estos días oscuros, pero transmítele  mi más profundo apoyo. De hecho, nunca me di cuenta del horror de la guerra hasta que vi a mi primo, de cuya probidad estoy firmemente convencido.
Tuyo,
Frank.
Sobre mi hombre Kitty murmuró:
-Y siempre pretendió que le gustaba como cantaba.

Luego atenazó mi brazo y grito como poseída:
pase especial
Pase especial, Cruz Roja,
1917, Boulogne
-¡Tráelo a casa! ¡Tráemelo a casa!
Así, una semana más tarde, ellos trajeron a Chris a casa.
A partir de la hora del desayuno ese día la casa se impregnó con una sensación de día antes de un funeral... A Chris se lo esperaba a la una, pero entonces llegó un telegrama con la noticia que se retrasaba hasta el final de la tarde. Así Kitty, cuya belleza fue tan cambiante en el dolor como una rosa a la luz de la luna es diferente de una rosa durante el día, me llevó después del almuerzo hasta el invernadero y tuvo una competente conversación sobre los vegetales durante el año con Pipe, el jardinero. Luego Kitty entró al salón y la casa se llenó con la desolada alegría de una pianola desatentamente tocada, mientras yo me sentaba en la sala y escribía cartas y me daba cuenta de lo triste que sonaba la música desde que comenzara la guerra. Después comenzó un ataque salvaje de eficiencia doméstica, e hizo llorar a las criadas porque las manijas de bronce de los armarios no eran lo suficientemente brillantes y porque sólo había diez a uno en lugar de cien de riesgo de romperse una pierna sobre el parqué. Luego tomó té, y odió el pastel. Ella estaba un poco encogida, acurrucada en el sillón más alejado de la luz, cuando por fin el gran coche vino tocando la bocina a través de la oscuridad.
Nos pusimos de pie. A través del ruido del motor llegó el sonido de la gran voz masculina de Chris que siempre tenía en ella una nota como la de los ladridos de un perro grande. "Gracias, puedo solo" Oí, sorprendida, su paso fuerte sobre la piedra, pues había sentido su ausencia como una especie de muerte de la que surgiría un fantasma, impalpable. Y luego se quedó en la puerta, la penumbra borrando sus contornos, la clara luz de la vela oscureciendo su cara. No me vio, en mi vestido oscuro, o a la acurrucada Kitty. Con la sonrisa con sueño de alguien que vuelve a un querido lugar familiar para descansar, entró en la sala y puso su bastón y su gorra caqui al lado del candelabro sobre la mesa de roble. Con ambas manos sintió la vieja madera, y se puso a tararear alegremente entre dientes.
Grité, porque había visto que su cabello era de tres colores ahora, marrón, oro y plata.
Con un rápido giro de la cabeza, me encontró en las sombras.
-¡Hola, Jenny! –dijo.- Y cogió mis manos.
-¡O Chris, estoy tan contenta! -Tartamudee, y luego no pude decir más por vergüenza. Tenía treinta y cinco en lugar de veinte. Sus ojos se habían endurecido en medio de su bienvenida, como si hubiera confiado en que al menos yo no habría sido parte en la presente conspiración para negar que él fuera joven, y dijo:
-Dejé a Frank en la ciudad. Estoy convaleciente.
Bien podría haber dicho: "deje a Frank, que se ha hecho viejo, al igual que tú."
-Chris –continué. -Es tan maravilloso tenerte a salvo.
-A salvo -repitió.
Suspiró profundamente y continuó sosteniendo mis manos. Hubo un susurro en las sombras, y dejó caer las manos.
La cara que miró desde la penumbra fue muy blanca, y su boca se abrió en una mueca. De inmediato fue claro, como si hubiera gritado, que esta triste máscara no significaba nada para él. No lo supo de memoria, porque no tenía ninguna información de su corazón, pero adivinó que no sería amable si preguntara si era su esposa… (Párrafos de The Return of the Soldier, de Rebecca West)

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