The Blue Hotel

"The Blue Hotel" es un cuento del autor norteamericano Stephen Crane (1871 - 1900). La historia apareció por primera vez en 1898 en dos partes en Collier´s Weekly, luego en la colección The Monster and Other Stories.

El Palace Hotel en Fort Romper estaba pintado de un color azul claro... Estaba solo en la pradera y cuando la nieve caía, la ciudad, a doscientas yardas de distancia, no era visible. Pero cuando el viajero se bajaba en la estación de ferrocarril se veía obligado a pasar por el Palace antes de que pudiera venir sobre el conjunto de casas bajas de tablas que componían Fort Romper, y no era de pensarse que cualquier viajero podría pasar el Palace Hotel sin fijarse en él. Pat Scully, el propietario, había demostrado ser un maestro de la estrategia cuando eligió sus pinturas...
Como si las mostradas delicias de tal hotel azul no fueran lo suficientemente atractivas, era la costumbre de Scully ir cada mañana y noche para esperar a los ociosos trenes que se detenían en Romper y ejercía sus seducciones sobre todo hombre que pudiera ver vacilante, valija en mano.


Una mañana, cuando una máquina llena de nieve arrastraba su larga cadena de vagones de carga y su carro de pasajeros a la estación, Scully realizó la maravilla de capturar a tres hombres. Uno de ellos era un sueco inestable y rápido de ojos, con una brillante gran valija barata; uno era un vaquero alto y bronceado, que se dirigía a un rancho cerca de la frontera de Dakota; uno era un pequeño hombre silencioso que venía del este, que no lo parecía y no lo anunciaba. Scully prácticamente los hizo prisioneros. Era tan ágil y alegre y amable que ellos pensaron, probablemente, que sería el colmo de la brutalidad el tratar de escapar. Caminaron sobre las aceras crujientes detrás del ansioso pequeño irlandés. Llevaba un gorro de piel pesada apretado con fuerza sobre su cabeza. Esto provocaba que sus dos orejas rojas sobresalieran rígidamente, como si estuvieran hechas de hojalata.



Por fin Scully, elaboradamente, con bulliciosa hospitalidad, los condujo a través de los portales del hotel azul. La habitación a la que entraron era pequeña. Parecía ser simplemente un templo para una enorme estufa, la cual, en el centro, canturreaba con una violencia divina. En varios puntos en su superficie el hierro se había convertido en luminoso y brillaba amarillo por el calor. Al lado de la estufa el hijo de Scully, Johnnie, jugaba High-Five con un viejo granjero que tenía bigotes tanto grises como arena. Estaban discutiendo. Con frecuencia, el viejo granjero volvía la cara hacia una caja, marrón por el tabaco, que estaba detrás de la estufa, y escupía con un aire de gran impaciencia e irritación. Con floridas palabras Scully paró el juego de cartas, y apresuró a su hijo escaleras arriba con parte del equipaje de los nuevos huéspedes. Él mismo los condujo a tres fuentes del agua más fría en el mundo. El vaquero y el hombre del este se frotaron tanto a sí mismos que quedaron rojos con esta agua, hasta que parecían ser una especie de pulidores de metales. El sueco, sin embargo, simplemente sumergió sus dedos con cuidado y con temor. Era notable que a través de esta serie de pequeñas ceremonias los tres viajeros hicieran sentir que Scully era muy benévolo. Les  confería grandes favores. Pasó la toalla de uno a otro con un aire de impulso filantrópico.
Después fueron a la primera habitación, y, sentándose sobre la estufa, escucharon el oficioso clamor de Scully a sus hijas, que estaban preparando la comida del mediodía. Ellas  se mantuvieron en silencio frente a los hombres. Sin embargo, el viejo granjero, sin moverse, invisible en su silla cerca de la parte más caliente de la estufa, volvía la cara de la caja de aserrín con frecuencia y se dirigía a los extraños con preguntas comunes. Por lo general, fue respondido con frases cortas pero suficientes, por el vaquero o el hombre del este. El sueco no dijo nada. Parecía estar ocupado en hacer estimaciones furtivas de cada hombre en la habitación. Uno podría haber pensado que tenía el sentido de la sospecha tonta que viene de la culpa. Parecía un hombre muy asustado.
Más tarde, en la cena, habló poco, dirigiéndose totalmente a Scully. Contó que había venido de Nueva York, donde durante diez años había trabajado como sastre. Estos hechos parecían ser fascinantes para Scully, quién después contó que había vivido en Romper durante catorce años. El sueco le preguntó sobre los cultivos y el precio del trabajo. Parecía apenas escuchar las extendidas respuestas de Scully. Sus ojos parecían pasearse de un hombre al otro.
Por último, con una sonrisa y un guiño, dijo que algunas de estas comunidades del oeste  eran muy peligrosas; y después de su declaración estiró sus piernas debajo de la mesa, inclinó la cabeza y se rió de nuevo, en voz alta. Estaba claro que lo dicho no tenía ningún significado para los demás. Lo miraron con curiosidad y en silencio.
A medida que los hombres se amontonaron en la parte delantera de las piezas, las dos pequeñas ventanas presentaron la vista de un mar de nieve. Los enormes brazos del viento hacían intentos, poderosos, circulares, e inútiles, por abrazar los copos de nieve al pasar, veloces... Con voz fuerte Scully anunció la presencia de una tormenta de nieve. Los huéspedes del hotel azul, prendiendo sus pipas, asintieron con gruñidos de perezosa satisfacción masculina... Johnnie, hijo de Scully, en un tono que definía su opinión acerca de su habilidad como jugador de cartas, desafió al viejo granjero del bigote gris y arena a un juego de High-Five. El agricultor accedió con una burla despectiva y amarga. Se sentaron cerca de la estufa, y enfrentaron a sus rodillas debajo de una mesa ancha. El vaquero y el hombre del este observaron la partida con interés. El sueco se mantuvo cerca de la ventana, a distancia, pero con un semblante que mostraba signos de una emoción inexplicable.
El juego de Johnnie y el de la barba gris terminó repentinamente por otra pelea. El anciano se levantó mientras echaba una mirada de acalorado desprecio a su adversario. Se abrochó el abrigo lentamente, y luego se marchó con fabulosa dignidad de la habitación. En el discreto silencio de todos los demás hombres, el sueco se rió. Su risa sonó algo infantil. Los hombres ya habían empezado a mirarlo con recelo, como si quisieran saber que lo aquejaba.
Un nuevo juego se formó jocosamente. El vaquero se ofreció para convertirse en la pareja de Johnnie, y todos se volvieron a preguntar al sueco si haría pareja con el pequeño hombre del este. Él hizo algunas preguntas sobre el juego, y, al saber que el juego tomaba muchos nombres, y que lo había jugado antes bajo otro nombre, aceptó la invitación. Se dirigió hacia los hombres con nerviosismo, como si se esperara ser asaltado. Por último, sentado, miró a cada uno y se rió con estridencia. Esta risa era tan extraña que el hombre del este alzó la vista rápidamente, el vaquero se acomodó en el asiento con la boca abierta y Johnnie se detuvo, sosteniendo las cartas con los dedos tiesos... (Párrafos de The Blue Hotel, de Stephen Crane)

La historia
The Blue Hotel es tal vez la más leída de todas las historias en la colección The Monster and Other Stories, y mientras parece, en la superficie, ser una historia directa sobre un hombre que se mete en problemas, hay varios temas complejos que se pueden sobreentender en el cuento.      
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Recursos
The Blue Hotel, to listen to the story in Librivox.
The Blue Hotel, to read the story online.


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