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miércoles, 10 de abril de 2013

Desconfianza


No bien hubieron montado estas mujeres el ayudante hizo lo mismo en su caballo y los tres saludaron a Webb quien, en cortesía, esperaba la salida del grupo en la puerta de su cabaña. El grupo partió a paso lento hacia la entrada norte. No se escuchó sonido alguno mientras atravesaban la corta distancia, solo una suave exclamación de sorpresa cuando el indio corrió delante de una de las mujeres para guiar al grupo. Aunque este inesperado movimiento no produjo sonido en el resto, la sorpresa abrió el velo que cubría a la mujer y permitió ver un rostro de indescriptible tristeza, admiración y horror, mientras los negros ojos seguían los ágiles movimientos del salvaje. Sus cabellos eran negros y brillantes, como el plumaje del cuervo. Su tez no era oscura, sino más bien cargada con el color de su rica sangre, que parecía lista a explotar. Sin embargo no había nada de tosco en su exquisitamente rectangular rostro, hermosamente digno. Sonrió, como olvidando el momento que le tocaba vivir, y mostró unos dientes tan blancos que hubieran avergonzado al más puro marfil. Al momento de cubrirse agachó su cabeza y cabalgó en silenció, ensimismada en sus propios pensamientos…

Mientras una de ellas se mantenía callada, la otra rió de su propia debilidad y dirigiéndose al joven que cabalgaba a su lado, exclamó:

El Último de los Mohicanos: Partida



Las tropas parten para apoyar  al coronel Munro. Un pequeño grupo escolta a Cora y Alice Munro que, guiadas por nativos, trataran de llegar al fuerte por un camino diferente. Así comienza a armarse el drama en El Último de los Mohicanos.

"… después de la primera sorpresa un rumor se extendió sobre el puesto que se ubicaba a lo largo del Hudson, que una tropa de más de mil quinientos hombres iba a partir al amanecer hacia William Henry, la parte norte de las fortificaciones. Todas las dudas sobre los próximos pasos de Webb ahora desaparecían. Todos se preparaban, los novatos y los veteranos. Unos nerviosamente, otros calmadamente, pero todos con un ojo hacia el bosque. Las sombras de la noche se acercaban y un marcado silencio se apoderaba del campo.

De acuerdo a las órdenes el sueño del campo fue interrumpido por las advertencias de los tambores.  En un instante el campo era un hervidero. Los soldados se arremolinaron para ver la partida de la tropa. Los soldados del rey se alinearon a la derecha, los colonos, más humildes, a la izquierda. Los guías partieron, los guardias prosiguieron y luego los vehículos con los equipajes, y antes que saliera el sol la compañía partía del campamento que probaría de que estaban hechos muchos novatos que formaban la tropa.