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miércoles, 10 de abril de 2013

Desconfianza


No bien hubieron montado estas mujeres el ayudante hizo lo mismo en su caballo y los tres saludaron a Webb quien, en cortesía, esperaba la salida del grupo en la puerta de su cabaña. El grupo partió a paso lento hacia la entrada norte. No se escuchó sonido alguno mientras atravesaban la corta distancia, solo una suave exclamación de sorpresa cuando el indio corrió delante de una de las mujeres para guiar al grupo. Aunque este inesperado movimiento no produjo sonido en el resto, la sorpresa abrió el velo que cubría a la mujer y permitió ver un rostro de indescriptible tristeza, admiración y horror, mientras los negros ojos seguían los ágiles movimientos del salvaje. Sus cabellos eran negros y brillantes, como el plumaje del cuervo. Su tez no era oscura, sino más bien cargada con el color de su rica sangre, que parecía lista a explotar. Sin embargo no había nada de tosco en su exquisitamente rectangular rostro, hermosamente digno. Sonrió, como olvidando el momento que le tocaba vivir, y mostró unos dientes tan blancos que hubieran avergonzado al más puro marfil. Al momento de cubrirse agachó su cabeza y cabalgó en silenció, ensimismada en sus propios pensamientos…

Mientras una de ellas se mantenía callada, la otra rió de su propia debilidad y dirigiéndose al joven que cabalgaba a su lado, exclamó: