La apuesta



La apuesta (The bet) es el cuento de Antón Chekhov, que apareció en el Novoye Vremya editado por Alexey Suvorin. Aquí algunos párrafos traducidos de la versión en inglés
Era una oscura noche de otoño. El viejo banquero caminaba en su estudio, recordando la fiesta que había dado en el otoño quince años antes. Hubo mucha gente inteligente y mucha conversación interesante. Hablaron, entre otras cosas, de la pena de muerte. Los invitados, entre ellos no pocos estudiosos y periodistas, en su mayor parte desaprobaron la pena de muerte. La encontraron obsoleta como medio de castigo, no apropiada para un estado cristiano, e inmoral. Algunos pensaban que la pena de muerte debía ser reemplazada universalmente por la cadena perpetua.
—No estoy de acuerdo —dijo el anfitrión —. No he experimentado ni la pena de muerte ni la prisión perpetua, pero si uno puede juzgar a priori, entonces, en mi opinión, la pena de muerte es más moral y más humana que el encarcelamiento. ¿Quién es más humano, un verdugo que te mata en unos segundos u otro que te la va quitando incesantemente durante años?

—Ambos son igual de inmorales —comentó uno de los invitados —porque su propósito es el mismo, quitar la vida. El estado no es Dios, no tiene derecho a quitar lo que no puede devolver, si así lo deseara.
Adolf Marxs, 1900
Adolf Marxs, 1900
Entre los participantes había un abogado, un joven de unos veinticinco años. Al ser preguntado respondió:
—La pena capital y el encarcelamiento de por vida son igualmente inmorales, pero si se me ofreciera la elección entre ellos, ciertamente elegiría el segundo. Es mejor vivir de alguna manera que no vivir en absoluto.
A esto siguió una acalorada discusión. El banquero, que entonces era más joven y nervioso, de pronto perdió la paciencia, golpeó con el puño sobre la mesa y, volviéndose hacia el joven abogado, gritó:
—Es una mentira, apuesto dos millones a que no estarías en una celda ni siquiera cinco años.
—Si lo dices en serio —respondió el abogado —apuesto a que no me quedaré los cinco años, sino quince.
¡Quince! ¡Hecho! —gritó el banquero —. Señores, pongo dos millones.
—De acuerdo. Tu apuestas dos millones, yo mi libertad —dijo el abogado.
Así que esta ridícula apuesta se hizo efectiva. El banquero, que en aquel momento tenía demasiados millones para contar, mimado y caprichoso, estaba fuera de sí. Durante la cena, dijo al abogado en broma:
—Razona muchacho, antes de que sea demasiado tarde.  Dos millones no son nada para mí, pero tú estás por perder tres o cuatro de los mejores años de tu vida. Digo tres o cuatro, porque nunca aguantarás. No olvides tampoco que el ser voluntario es mucho más pesado que el encarcelamiento forzado. La idea que tienes derecho a liberarte en cualquier momento envenenará toda tu vida en la celda.
Y ahora el banquero, paseando de esquina a esquina, recordaba todo esto y se preguntaba:
— ¿Por qué hice esta apuesta? ¿Qué tiene de bueno? El abogado pierde quince años de su vida y yo desperdicio dos millones, ¿va a convencer a la gente de que la pena de muerte es peor o mejor que la prisión de por vida? Por mi parte, era el capricho de un hombre bien alimentado, del abogado la ambición por el oro… (La apuesta, por Antón Chekhov)
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El banquero decide hacer algo para evitar pagar los dos millones de la apuesta al abogado, tras quince años de encarcelamiento. Al salir al jardín hacía frío y llovía. Estaba oscuro y nadie, ni siquiera el guardia, estaba a la vista. Sería fácil llegar hasta la celda y matar al prisionero. La culpa recaería en el guardia y el banquero salvaría sus millones…
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