Apasionados

por Zuleika


Zuleika llega a Oxford causando revuelo, todos se enamoran de ella perdidamente. Su fama y belleza ha llegado hasta el Zar de Rusia. Del clásico inglés, Zuleika Dobson, de Max Beerbohm.

Aunque Zuleika nunca había entregado su corazón, tenía un fuerte deseo de enamorarse. Por donde quiera que hubiera ido, no había visto nada más que jóvenes postrados ante ella, y no una figura erguida a la que pudiera respetar. Allí estaban los hombres de mediana edad, los ancianos, que no se inclinaban ante ella; pero a partir de los de mediana edad, ella sentía que tenía una aversión sanguínea. No podía amar a nadie más que a un joven y a nadie que se humillara frente a  ella. Y frente a ella todos los jóvenes siempre habían caído a sus pies. Ella era una emperatriz, y todos los jóvenes eran sus esclavos. Su servidumbre le encantaba, pero ninguna emperatriz, que tenga algo de orgullo, puede adorar a uno de sus esclavos. ¿A quién, entonces, podría Zuleika orgullosamente adorar? ¿No sería mejor poder amar una vez en lugar de todo el homenaje del mundo? Pero, ¿alguna vez  podría encontrar a alguien a quien respetar, a quien amar?...
El reloj en el salón acababa de dar las ocho, y ya los elegantes pies se veían hermosos en la alfombra de la chimenea de piel de oso blanco. Tan delgados y largos eran que eran solo comparables con un par de exquisitos platos en una mesa de desayuno.

El Guardián conversaba con toda la deferencia del viejo plebeyo hacia el patricio. Los otros invitados, un profesor y su esposa, escuchaban con una sonrisa sincera y la inclinación sumisa, a una pequeña distancia. De vez en cuando, para estar más cómodos, intercambiaban en voz baja una o dos palabras sobre el tiempo.
-La joven, que se habrán dado cuenta estaba conmigo -el Guardián estaba diciendo -es mi huérfana nieta. (La esposa del profesor dejó de sonreír y suspiró, con una mirada al duque, quien era él mismo huérfano.)
-Ella ha venido a quedarse conmigo -. El Duque echó una rápida mirada alrededor de la habitación.
-No sé porque no está aquí ya-. El profesor fijó sus ojos en el reloj, como si sospechara que todavía era temprano.
-Debo pedirle que la disculpen. Es una joven brillante y agradable.
-¿Casada? –preguntó el Duque.
-No –dijo el Guardián y una nube de molestia cruzó la cara del joven.-Ella dedica su vida entera a buenos trabajos.
-¿Es enfermera? –murmuró el Duque.
-No, el destino de Zuleika es llevar deliciosas maravillas más que aliviar el dolor. Ella hace trucos.
-¿No, no la señorita Zuleika Dobson? -gritó el Duque.
-Sí. Me olvidaba que es famosa. ¿Tal vez ya la conoció?
-Nunca –dijo el joven fríamente-. Pero por supuesto he escuchado sobre la señorita Dobson. No sabía que estaban relacionados.
El Duque tenía un intenso horror de las chicas solteras. Sus vacaciones se pasaban eludiéndolas y también a sus chaperonas. Tener que enfrentar a una de ellas, y una como estas, le parecía una violación de las reglas de un santuario. El tono, entonces, con  que respondió “encantado” al pedido del Guardián de que llevaría a Zuleika a comer fue glacial. También lo fue su mirada, cuando, un momento después, la joven entraba.
-Ella no parece una huerfanita –dijo la esposa del profesor, después, camino a casa. La crítica era justa. Zuleika se habría visto singular en uno de esos humildes sombreros de paja y capas grises que son tan característicos de nuestro sistema social. Alta y grácil, se había enfundado del seno hacia abajo en seda flamenca, y ella adornada generosamente con esmeraldas. Su cabello oscuro ni siquiera se tensaba desde la frente y detrás de las orejas, como debería ser en un huérfano. Separado en algún lugar en el lado, caía en una avalancha de rizos en una ceja. De su oreja derecha caía pesadamente una perla negra, de su izquierda una rosa; y su diferencia daba un desconcertante encanto a la pequeña cara.
¿Estaba hechizado el joven Duque? Al instante, completamente. Pero nada se podría haber deducido por su fría mirada. A lo largo de la cena, ninguno hubiera supuesto que dentro de su pecho se libraba una feroz pelea entre el orgullo y la pasión. Zuleika, en la punta de la mesa, lo suponía indiferente a ella. A pesar de que estaba sentado a su derecha, ni una sola palabra o una mirada él iba a darle. Toda su conversación fue dirigida a la dama sin pretensiones que estaba sentado a su otro lado, al lado del Guardián…(Zuleika Dobson, de Max Beerbohm. Traducción propia)

El libro
Zuleika Dobson, o, una Historia de Amor en Oxford, es una sátira de la vida de estudiante en Oxford. Esta sátira incluye la famosa línea “La muerte cancela todos los compromisos”. Max Beerbohm la empezó a escribir en 1898 y la finalizó en 1910. Heinemann la publicó en 1911.
Recursos
Zuleika Dobson, audiobook.