Del clásico
australiano “Robbery Under Arms” de Rolf BoldreWood. A punto de ser colgado
por sus actividades ilícitas éste preso recuerda su infancia en Australia, sus
padres, la rectitud de su madre y un señor Howard, maestro de escuela, de buen
corazón…
Entonces Lammerby, el encargado, aunque era un tipo codicioso y astuto,
que compraba cosas que sabía que eran robadas, y prestaba dinero y vendía al
doble del precio, no le gustaba pensar que sus hijos crecerían como ganado
descarriado, rescató al viejo señor Howard, que había sido un amigo o una
víctima en viejas épocas, cerca de Sydney, y lo había traído para hacerse cargo
de la escuela.
Era un hombre curioso, este señor Howard. Lo que había sido o hecho
ninguno de nosotros lo supo, pero encaró a uno de los granjeros que dijo algo contra
él que nos demostró el carácter que tenía. Se paró recto y miró al hombre
directo a la cara, y no parecía el hombre doblado y tembloroso que veíamos la
mayoría de las veces. Vivía solo en una pequeña casa en el pueblo. Era apenas lo
suficientemente grande para cobijarnos en nuestras lecciones. Cenaba en la
posada junto al señor y la señora
Lammerby. Ella era siempre buena con él, y le hacía budines y otras cosas cuando estaba
enfermo. Frecuentemente se enfermaba, y entonces nos oía dar las lecciones en
la cabecera.
No bebía nada excepto té. Solía fumar bastante de una pipa grande con
figuras de mar en ella que nos mostraba cuando estaba de buen humor. Pero dos o
tres veces al año solía dedicarse a beber por una semana, y entonces la enseñanza
se suspendía hasta que estuviera sano. No pensamos mucho en eso. Pero todos, o
casi todos, los que conocíamos hacían lo mismo -todo los hombres- y también
algunas mujeres, excepto mamá. Ella no había tocado una gota del vino o de
alcohol en su vida, y nunca lo hizo hasta el día de su muerte. Pensábamos en
ello como si tuvieran un toque de fiebre o de insolación, o una costilla rota o
algo. Se recuperarían en una semana o dos, y estarían bien otra vez.