Rosinante al camino de nuevo



Después de tomar sus cervezas y observar la ópera los amigos se dirigen por el camino de montaña, donde encuentran a un arriero. Rosinante al camino de nuevo (Rosinante to the Road Again), de John Dos Passos es una excelente lectura.

En la siguiente curva salté delante de un burro y caminé con el arriero, un muchacho oscuro en apretados pantalones azules y túnica gris corta a la cintura, que tenía las mejillas fuertes, nariz de halcón y caderas delgadas de un árabe, que hablaba un andaluz aspirado que sonaba como árabe.
Nos saludamos cordialmente como hacen los viajeros en lugares montañosos donde los caminos son estrechos. Hablamos del clima, del viento y de los ingenios azucareros de Motril y de las mujeres, de los viajes y de la vendimia, luchando todo el tiempo como ahogados  para entender la jerga del otro. Cuando supo que yo era americano y había estado en la guerra, se volvió súbitamente interesado. Por supuesto, yo era un desertor, dijo, inteligente por escapar. Había habido dos desertores en su ciudad hace un año, alemanes. Quizás amigos míos. Se señaló que los alemanes y yo habíamos estado en diferentes extremos del cañón. Él rió. ¿Qué importaba eso? Luego dijo varias veces: "Qué burro la guerra, qué burro la guerra". Refunfuñé, señalando al burro que nos seguía con delicados pasos, mirándonos con un aire burlón bajo sus largas pestañas. ¿Podia haber algo más sabio que un burro?
Se echó a reír de nuevo, retorciéndose los labios para mostrar el brillo de los dientes apretados, se detuvo en seco y se volvió para mirar las montañas. Pasó una larga mano marrón a través de ellos.
—Mira —dijo —ahí arriba está Alpujarras, el último refugio de los reyes de los moros. Hay bandidos allí arriba, de vez en cuando. Has venido al lugar correcto, aquí somos hombres libres.

El burro se escabulló frente a nosotros con una mirada burlona por el rabillo del ojo y comenzó a saltar de un lado a otro del camino, recortando aquí y allá un poco de hierba seca. Lo seguimos, el arriero contando cómo su hermano habría sido reclutado si la familia no hubiera reunido mil pesetas para comprarlo. Esa no era vida para un hombre. Escupió en una piedra roja. Nunca lo atraparían, estaba seguro de eso. El ejército no era vida para un hombre.
En el fondo del valle había una corriente ancha, la cual atravesamos después de una disputa sobre quién iba a montar el burro. El burro arrugó la nariz con asco por la frialdad de las aguas y la viscosidad de las piedras. Cuando salimos de los guijarros al otro lado del arroyo nos encontramos con un hombre flaco y negro con dientes de caballo amarillos, que se puso  muy emocionado cuando oyó que yo era americano.
—América es el mundo del futuro —gritó, y me dio tal palmada en la espalda que casi caigo del burro en cuyo lomo estaba en ese momento a horcajadas.
—En América no se divierte — murmuró el arriero, pateando sus pies helados por el frío desde el vado en el polvo ardiente de azafrán de la carretera.
El burro se adelantó pateando algunos guijarros, tratando de sacudir las grandes canastas en forma de pera de mimbre que tenía a cada lado de su silla de montar, encantado con la suave sequedad después de tanta agua y de caminos pedregosos. Los tres seguimos discutiendo, la luz del sol batiendo alas de llama blanca sobre nosotros.
—En América hay libertad —dijo el hombre negruzco —no hay guardias rurales. Los trabajadores trabajan ocho horas y usan camisas de seda y ganan... un dineral. El hombre negruzco se detuvo, casi sin aliento ante su discurso. Luego prosiguió: —Tus hijos son educados libres, no hay sacerdotes, y a los cuarenta cada uno es dueño de un automóvil.
—Ca —dijo el arriero.
—Sí, hombre —dijo el hombre negruzco.
Por un tiempo el arriero caminó en silencio, mirando sus pies enterrarse en el polvo… (Rosinante to the Road Again, de John Dos Passos. Traducción propia)

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Basta con contaminar mi espacio con cagadas de perros y gatos, si sacás tu mascota llevá bolsa para levantar los desechos. ¡Harto de pisar bosta!