El hombre invisible

Los hombres importantes disfrutaban del espectáculo, los negros tenían que pelear y una mujer desnuda se exhibía en el centro. Del clásico Invisible Man, de Ralph Ellison.

… El cuarto del lado estaba brillantemente pulido. Yo tenía algunas dudas sobre la pelea, por cierto. Los otros tipos eran duros, parecían no tener ninguna maldición del abuelo en sus mentes. Nadie podría confundir su dureza. Y, además, yo sospechaba que luchar podría interferir con la dignidad de mi discurso. En esos días de pre-invisible me visualizaba como un potencial Booker T. Washington.

Al salir del ascensor nos condujeron a través de una sala de estilo rococó hasta una antesala y dijeron que nos pusiéramos nuestras ropas de combate. Nos dieron un par de guantes de boxeo y nos hicieron pasar a un gran salón de espejos, donde entramos mirando cautelosamente y susurrando entre nosotros. Y ya el whisky estaba haciendo efecto. Me sorprendió ver algunos de los hombres más importantes de la ciudad bastante borrachos. Todos estaban allí - banqueros, abogados, jueces, médicos, jefes de bomberos, maestros, comerciantes. Incluso uno de los pastores de moda. Algo que no podíamos ver estaba pasando en la parte de adelante. Un clarinete vibraba sensualmente y los hombres estaban de pie y se movían hacia adelante con entusiasmo. Éramos un pequeño grupo apretado, agrupados, nuestros cuerpos superiores desnudos tocándose y brillando por el sudor de la anticipación; mientras que adelante los peces gordos estaban cada vez más excitados. De repente oí al director de la escuela, quien me había dicho que vaya, gritar, "¡Traigan a los negros, señores!"

Nos empujaron hasta el frente del salón de baile, donde olía aún más fuerte a tabaco y whisky. Casi me mojé en los pantalones. Un mar de rostros, algunos hostiles, algunos divertidos, nos rodeaba, y en el centro, frente a nosotros, había una magnífica rubia, completamente desnuda. Hubo un silencio total. Sentí una ráfaga de aire frío golpeándome. Traté de retroceder, pero estaban en todas partes. Algunos de los chicos estaban con la cabeza baja, temblando. Sentí una oleada de culpabilidad irracional y miedo. Mis dientes castañeteaban, mi piel se puso como la de las gallinas, mis rodillas chocaban entre sí. Sin embargo, sentí un fuerte deseo de mirar. Aunque me volvieran ciego hubiera mirado. El cabello era rubio como el de una muñeca Kewpie de circo, el rostro lleno de polvo, los ojos hundidos. Sentí el deseo de escupir sobre ella al pasar mi vista sobre su cuerpo. Sus pechos eran firmes y redondos como las cúpulas de los templos de la India Oriental. Me quedé tan cerca como para ver la textura de la fina piel y las gotas de sudor alrededor de los pezones. Quería correr de la sala y a la vez cubrirla con mi cuerpo.  Sentir los muslos suaves, acariciarla y destruirla, amarla y asesinarla, esconderme de ella, y a la vez, acariciarla debajo de la pequeña bandera americana tatuada sobre su vientre donde sus muslos formaban una V.

Vocabulary

Booker T.Washington (1856 – 1915) educador, autor, orador y consejero de presidentes de Estados Unidos.
Kewpie muñecas concevidas como dibujos por la artista y escritora Rose O´Neill.

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Resumen

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