miércoles, 4 de marzo de 2015

El pozo del conejo

Alice decidió seguir al conejo que pasaba junto a ella. Le llamó la atención que llevara una chaqueta… Del clásico Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll.

Alice se aburría de estar sentada junto a su hermana en el banco, sin tener nada que hacer. Una o dos veces había espiado en el libro que su hermana estaba leyendo, pero no tenía imágenes ni conversaciones. “¿Y cuál es la utilidad de un libro”, pensó Alice, “que no tiene imágenes o conversaciones?”
Estaba considerando (también cómo podía, pues el calor la hacía sentirse adormilada y estúpida) si el placer de hacer una cadena de margaritas valdría la pena el trabajo de levantarse y recoger las margaritas, cuando un conejo blanco con los ojos rosados corrió a su lado.
No hubo nada notorio en eso ni tampoco en escuchar al conejo “Oh, Dios mío. Voy a llegar tarde” (cuando lo pensó se dio cuenta que se tendría que haber asombrado pero en ese momento le pareció bastante natural). Pero cuando el conejo sacó un reloj de su chaqueta y lo miró, y luego se apresuró, Alice se levantó, porque se le cruzó por la mente que nunca había visto a un conejo usar una chaqueta o sacar un reloj. Ardiendo de curiosidad corrió a través del campo y tuvo la fortuna de verlo saltar a un pozo.
Alice saltó detrás de él, sin considerar como saldría del pozo.
El pozo se prolongaba como un túnel por algunos metros y luego se abría al vacío. Alice no tuvo tiempo de pensar en detenerse. Empezó a caer muy profundo.
O el pozo era muy profundo o ella caía muy lentamente, pues tuvo tiempo de mirar alrededor y preguntarse qué pasaría después. Primero trató de ver hacia abajo pero estaba muy oscuro. Luego notó las paredes del pozo: estaban llenas de estantes. Aquí y allá colgaban mapas y fotos. Tomó un frasco de uno de los estantes. Tenía un cartelito “Mermelada de naranja”, pero para su desencanto el frasco estaba vacío. No quiso tirar el frasco por temor a matar a alguien. Se dio maña para ponerlo de vuelta en uno de los estantes.

“Bueno”, pensó Alice, “después de una caída como esta, un tropezón en las escaleras será nada. ¡En casa pensarán que soy muy valiente! ¡No podría decir nada acerca de esto aún si me cayera del techo de casa!”
Alicia en el país de las maravillas
Primera edición
Abajo, abajo, abajo. ¡La caída no terminaba nunca! Me pregunto cuantas millas he caído. Debo estar cerca del centro de la tierra. Haber: esto debe ser cuatro mil millas (Alice había aprendido esto en la escuela y aunque no era una buena oportunidad para mostrar su conocimiento, ya que nadie podía escucharla, era una buena práctica), pero me pregunto en qué latitud y longitud estoy. (Alice tampoco tenía idea que significaba latitud y longitud, pero le parecieron palabras grandiosas.) (Capítulo 1, de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll)

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