Una familia normal



Una familia normal es un cuento que vengo meditando hace un año, con cambios de título, modificación de argumento y actualización del final. Empieza con la descripción de una familia en Salta, medianamente normal, como muchas familias en Salta, y termina con la introducción de elementos de ciencia ficción. ¿Si me gusta? Más que nada el comienzo, el final como que le falta punch, algo de efectividad y.... no sé. Este cuento es parte de la colección que estoy preparando y que no consigo terminar, Historia en dos ciudades. Señoras y señores: Una familia normal

Estas son las personas con las que comparto mi casa:
Mamá Mónica. Setenta y dos años. Ex ama de casa, ya que ahora no quiere cocinar, lavar ni planchar. Dice que hizo todo eso durante toda su vida y ahora está cansada y retirada. No estaría mal si repartiéramos el trabajo entre el resto de los habitantes de la casa pero… A mamá le gustan las novelas de Andrea del Boca y las historias de amor. Sé positivamente, y ella no sabe que lo sé, que le gusta jugar al bingo durante tardes enteras, y no creo que gane nunca, pero, en fin, es su plata. Tiene buen humor y siempre está haciendo bromas y riéndose, aún en los momentos más difíciles. Llegó a trabajar como mucama cuando era joven para ayudar con la economía del hogar. Estado civil: viuda.
Susana, mi hermana mayor. Tiene cincuenta años, aunque siempre se quita algunos años cuando se habla de la edad. Empleada de una tienda de lencería femenina. Siempre encuentra una excusa para no ayudar en la casa. Su hobby: sentarse en una confitería, a charlar con sus amigas. Sale con un tipo, para nosotras es un tipo, aunque todas le decimos que se busque algo mejor, y sobre todo que sea soltero. Una hija. Divorciada, con esposo fugado, que no le pasó nunca un peso por la hija. En pocas palabras, se borró.

Sandra, sobrina. Hija de Susana. Treinta años. Psicóloga. Tampoco siente la necesidad de ayudar en la casa. Solo come, se baña, se arregla y sale. Tenía un novio, al que nadie quería, pero no sé si siguen. Sandra es mal humorada, atrevida y contestona y… un montón de cosas más. Hemos tenido nuestras “agarradas”, pero según Susana nadie la comprende. ¡Pobrecita! Tampoco colabora con ningún dinero en la economía de la casa.
Yo, Mirta. La segunda de las hermanas. Cuarenta y cinco años. Dueña de un bar en el centro, donde sirvo almuerzos al medio día, para los oficinistas que se quedan a trabajar. Me gusta el orden por lo que la que siempre limpia la casa soy yo. También soy divorciada. ¿Novio? Por ahora no, lo que no significa que haya cerrado las puertas de mi corazón.
Como verán no hemos tenido suerte con los hombres, parece que no sabemos elegir o nos toca justo el que está comprometido, es un “tirado” (no tiene un mango), o es un bueno para nada.
No recuerdo bien cuando sucedió esto que van a leer, pero sí que fue durante la época de Raúl Alfonsín, en aquellos días en que Seineldín y Rico aparecieron con las caras pintadas a los tiros con otros soldados, exigiendo cambios en la política del gobierno respecto de los militares del proceso. Recuerdo que en ese momento pensé “chau, adiós a la democracia, otra vez, no hemos aprendido nada”.
Sí, recuerdo que los días estaban grises, había que abrigarse de noche y ya terminaba el período de las lluvias de verano.

Antecedentes:
Mamá ya llevaba algunos años de casada cuando descubrió que era la “otra”. Qué papá tenía otra familia, aquí mismo en Salta, con casa, mujer e hijos. A pesar de esta situación papá durmió con mamá hasta los últimos días de su existencia. Esto fue motivo de grandes peleas entre nosotras (mamá nos había contado la situación). Mamá y yo somos diferentes. Yo hubiera cocinado a fuego lento a mi marido si me hubiera hecho algo así. Mamá siguió lavándole la ropa, sirviéndole la comida y mostrándose como si nada hubiera pasado. Mi idea siempre fue que le pegara una patada en el culo y se consiguiera otro marido. Mamá fue, y todavía lo sigue siendo, una gringa alta y linda que atrae la atención de los hombres a su paso, y podría haber conseguido cualquier candidato que quisiera. Papá callaba, por supuesto que no tenía razón, y agachaba la cabeza. Aquellos días en los que no le hablé, ofendida por la situación, fueron los días más tristes para él. Yo era su preferida, a la que más mimaba y con la que más charlaba. Sabía que era un gran tipo, honrado y de buen corazón, pero se había mandado una cagada. Una vez me dijo que los hombres son débiles y que hay que saber perdonar. ¡Perdonar las pelotas! Si querés a alguien no lo lastimás y tratás de hacer las cosas bien. Punto.
Perdón, es que cada vez que pienso en el tema me pongo mal. Parece que los hombres en vez de cerebro tienen un pito en la cabeza y quieren “bajarse” a cualquier mina, cualquiera les viene bien. Y las minas andan todas calientes y no les importa si los hombres son casados y tienen diez hijos. No, igual van a querer c… y darle dos o tres hijos. ¡Qué hijas de p…!
Al morir mi padre muchos opinaron que lo pusiéramos en una bolsa, lo tiráramos al costado del camino y evitáramos cualquier gasto de sepelio. Otros sentenciaron que no tendría descanso en el cielo por sus pecados y que sería inútil que se presentara ante San Pedro pidiendo entrar al paraíso. Algunos sugirieron que se les prohibiera a sus otros hijos asistir al velatorio. Me cuento entre las que querían hacer todo lo anterior. Nada de eso pasó. Al velatorio asistieron todos. Los hijos y los “entenados”, que vendríamos a ser nosotras. La otra esposa era una rubia alta, podríamos decir que linda, de aspecto distinguido. Los dos hijos que se presentaron eran unos muchachos altos y flaquitos, más o menos de la edad nuestra. Se mostraron más bien incómodos y se mantuvieron en silencio durante toda la jornada…  (Una familia normal, de Historias en dos ciudades, de nuestra autoría.)

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