A los ricos



La historia de Pichicho y don Isidro

Una pequeña historia que tiene lugar en Salta, que quiere mostrar que algunas veces nos preocupa más la necesidad de un perro que la de un ser humano. Después una opinión: tendríamos que tener un cambio de mentalidad para conseguir una sociedad mejor y ayudar a los que más necesitan.

Pichicho era un pequinés de dos años de edad que vivía con una señora mayor en una casa frente al parque San Martín, en Salta. Era un poco el hijo de esta señora, y su única compañía, por lo que el perro pasaba a ser el amo y señor del patio, con azaleas y jazmines, del zaguán, con sillones de hierro, y de cada uno de los dormitorios, con camas y taburetes, que componían la vivienda. Uno de los lugares favoritos de Pichicho era el sillón del living, el que estaba frente al aparato de televisión en blanco y negro, General Electric. El sillón estaba tapizado en pana color crema y había sido “bien usado” por Pichicho.
Pichicho era más bien de mal genio, algunos decían que porque no tenía novia, otros razonaban que la dueña lo mimaba demasiado. Lo cierto es que ladraba con fuerza a cualquier extraño, mostraba los colmillos peligrosamente si uno se acercaba y se embravecía cuando alguien intentaba interferir con su comida.

El baño se había hecho corriente una vez a la semana, en la misma bañera de la dueña de casa, y con el agua de la ducha a electricidad. Los días que la ducha se quemaba, el ama calentaba agua para que no sintiera frío. Para bañarlo se usaba el mismo champú del humano y tenía su toalla especial para ser secado concienzudamente. Pero como Pichicho no era humano, sino un perro, una vez que lograba deshacerse de las manos y toallas que lo atajaban se largaba a correr enloquecido por el piso de laja del patio, revolcándose a placer entre los gritos y las risas de los presentes.
Pichicho tenía cierta obsesión por la calle y no había vez que estuviera la puerta abierta que no corriera enloquecido a la calle y al parque del frente, y se convirtiera en todo un espectáculo el tratar de agarrarlo para que no lo pisara un auto. Aquella Salta de la década del setenta tenía un tráfico vehicular mucho menor que el actual por lo que en ese sentido no había tanto peligro.
El paseo era algo conflictivo pues era el más bochinchero cuando se encontraba con algún par de frente. Ladraba como un león aunque el animal que estuviera enfrente fuere un dogo argentino de afiliados dientes e instinto asesino.
De acuerdo al veterinario, que en ese entonces estaba en la Lerma y Mendoza, debía comer solo bifecitos, cortados chiquitos, y no se recomendaba darle huesos ya que eran delicados de vientre, ni ameritaba la olla de polenta, con huesos, pan y otras sobras que podían comer los perros comunes.
No tenía pedigrí, ciertamente, pero sí pulgas que se combatían de vez en cuando con un polvito recomendado por el profesional.
A la misma casa asistía, de manera eventual, don Isidro, que venía a cumplir las veces de ayudante, secretario, de la señora sola. A veces era el que pasaba una escoba por la vereda o sacaba el pasto de alrededor de alguna planta. También podía sacar a pasear a Pichicho. Otras veces llevaba una azalea o compraba un bollo y cuatro tortillas en el almacén de la esquina o medio kilo de azúcar, si hacía falta.  La señora le invitaba un tecito y le daba una propina.
Don Isidro era muy, muy flaquito y alto, muy alto. Tenía el pelo blanco, pero eso sí, siempre estaba bien afeitado. Ya había empezado a encorvarse y caminaba lento. No usaba bastón, pero era más bien enclenque. No escuchaba muy bien, por lo que una conversación no era lo indicado, aunque él solo miraba, asentía con la cabeza y dejaba la duda de si había escuchado o no.
Debía haber sobrepasado los setenta aunque nadie sabía a ciencia cierta su edad.
Sus ropas eran más bien humildes. Llevaba un saco, algo gastado, y acostumbraba usar sombrero. Además de aquella vestimenta tenía solo dos mudas más y debía lavarlas seguido para tener ropa limpia que ponerse, aunque esto solo lo sabía él.
Don Isidro no tenía casa, ni dinero para alquilar, ni familia que lo ayudara. Había conseguido una cama de prestado en la casa de una vieja señora que se había compadecido de él, pero no le daba un minuto de respiro y no tenía ninguna libertad para salir a sus anchas o llegar cuando quisiera.
De vez en cuando se lo veía a don Isidoro sentado en un bodegón, en la esquina Santa Fe y Alvarado, o Catamarca y Alvarado, con una jarrita y un vaso de vino. Se sentaba durante horas en aquella mesa, sin mucho que hablar ni variedad que comer. El dueño le guardaba unas sobras en una bolsa que era lo que don Isidro tenía para su cena.

Aquí termina el cuentito, el cual es completamente real, salvando los nombres. La reflexión es ¿por qué la gente prefiere a los animales a las personas? Está bien el proteger a los animales, cuidarlos y amarlos, son seres vivos y una compañía, pero tampoco descuidar al prójimo, al ser humano, que tiene iguales derechos, o más, que un perro.
El estado se lava las manos de los viejitos, los chicos desamparados, las madres solas y embarazadas, los drogadictos, los desempleados, los sin techo, los aborígenes que mueren de desnutrición. Ya sabemos que no tiene recursos. Ni los peronistas, ni los radicales, ni los del Pro han mejorado sustancialmente la vida de estas personas. Don Isidro tendría que haber estado protegido por el estado, pero nada che. He visto a varios don Isidro en Salta, caminar por las calles del centro, sentados en algún umbral, o lavando los autos en las esquinas.
¿Qué nos queda? Compadecerse de los desprotegidos y movernos a nivel individual. Si vos y yo damos un pasito, seguro otros van a seguir el ejemplo. Es como apelar al corazón de las personas y que cada uno aporte un poco a la causa. Puede ser un trabajo, unas ropas para un bebé, una donación para una escuela perdida en los cerros, o un tacho de pintura para las descascaradas paredes del hospital público. Todo sirve.
Y aquí tienen que convertirse en protagonistas los ricos, los que más tienen, y han sido favorecidos por Dios, o la suerte.
No es solo trabajar con la mira en la empresa propia, los deseos de mi mujer y mi amante y el viaje al Caribe. Saben que existe la miseria y deberían compartir más con los necesitados. A todo nivel y comprometerse, y salir a hacer campañas, y pedir donaciones. No basta con donar a un humilde comedor para huérfanos, ya no, ahora necesitamos más gente comprometida, más buenos ejemplos, más espíritus buenos y caritativos.
¿Qué tal capacitar a gente joven, con pocas posibilidades de progreso, crear emprendimientos para dar trabajo a las madres solteras, y auspiciar concursos de televisión y radio para premiar a talentos jóvenes que crean, innovan y buscan salir de la marginalidad? Aquí podrían juntar dos o tres voluntades, que con las gordas billeteras podrían crear fuentes de trabajo e incentivar el estudio, el esfuerzo y la investigación. Y dalo a conocer para que otros, que tienen plata, como vos, se sumen y juntos den más.

Andrew Carnegie, filántropo norteamericano, decía:
… queda entonces solo una forma de usar las grandes fortunas: en ésta forma tenemos el verdadero antídoto para la temporaria distribución inequitativa de la riqueza, la reconciliación del rico y del pobre, un reino de armonía. Otro ideal, diferente, en realidad del comunismo en requerir solo la evolución de las condiciones existentes, no la total destrucción de nuestra civilización. Se funda en el presente individualismo y se puede poner en práctica gradualmente. Bajo su manto tendremos un estado ideal, en el cual la riqueza de los pocos se convertirá, en el mejor sentido, en la propiedad de muchos, porque administrados para el bien común, esta riqueza, pasando por las manos de pocos, puede ser convertida en una fuerza mucho más potente para la elevación de nuestra raza, que si hubiera sido distribuida en pequeñas sumas para las personas… (The Gospel of Wealth, de Andrew Carnegie.)

Para que nadie tenga que pedir un pedazo de pan o tragar su amargura por no poder llevar dinero a casa para alimentar a sus hijos. Por Pichicho y por don Isidro. ¡Vamos!

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Esta editorial la escribimos hace ya algún tiempo, sintiendo que hacía, hace, falta un compromiso de todos, especialmente de los ricos, hacia los más necesitados. Hoy, preparando los editoriales para publicarlos en un e-book, lo volvemos a poner en consideración de la gente que nos sigue para que no den su opinión y crítica sobre el tema. Siéntanse libres de decir lo que quieran. Gracias