Sherlock Holmes era drogadicto

Cuando escribimos este artículo, hace algunos años, algunas cosas no fueron bien expresadas mientras que otras eran erróneas, y así lo señalaron algunos lectores, llamando la atención sobre el origen de la cocaína, la intención del autor, y sus puntos de vista personales. Agradecidos con todos. Pensamos que es hora de volver a escribirlo para señalar el por qué nos parecía al menos extraño el poner a Sherlock Holmes como cocainómano y explicar el sentido personal de la crítica.
Cuando leí el párrafo tuve que volver sobre mis pasos, a lo mejor había visto mal o mi pobre inglés me jugaba una mala pasada. Pero no. Ahí estaba:

“… Mi felicidad y mis intereses hogareños, que nacen del hombre que por primera vez es jefe en su hogar, eran suficientes para absorber toda mi atención. Sherlock Holmes, que odiaba toda forma de sociedad con todas las fuerzas de su alma bohemia, permanecía en nuestra residencia en Baker Street, escondido entre sus viejos libros, alternando semana a semana entre la cocaína y la ambición, la inconsciencia de la droga, y la feroz energía de su naturaleza activa.”

Esto me llamó la atención y me cayó mal. Sherlock Holmes era drogadicto, usaba cocaína. No lo podía creer. Arthur Conan Doyle había escrito esta historia a fines del siglo 19 y el asignarle el papel de cocainómano a su personaje más famoso me parecía, al menos, de mal gusto.

¿Y por qué? ¿Es que acaso no tenemos miles y miles de historias modernas de mafiosos, adictos, personajes del bajo fondo, o desviados sexuales, que pueblan la ficción de uno y otro lado del planeta? La respuesta es sí, tanto en literatura como en cine, las tenemos a montones, pero, lo que me hacía ruido era que estaba pensando en mi historia personal, mis vivencias. Y es eso lo que tendría que haber recalcado, que en realidad no estaba criticando al autor en sí sino la relación entre el relato de ficción y las experiencias personales vividas en Santa Cruz de la Sierra.
Los años que viví en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, me hicieron ver al consumidor y al vendedor de drogas, a la víctima y al victimario. Al que se perdía en los efectos de las drogas y consumía su futuro, y al que vivía como un rey vendiendo veneno. Por distintas circunstancias viví el desarrollo de la ciudad productora de cocaína a la ciudad consumidora del producto, de lo fashion que resultaba sacarse una foto con el rey de la cocaína a su caída después de años de protección de gobiernos corruptos. Del desconocimiento de las mafias que se movían a todo nivel para llevar adelante este negocio al enterarme de conocidos que estaban perdidos en la drogadicción y ver, en plazas y calles, a la luz del día, y sin ninguna sanción o contención, a niños y embarazadas caminar como sonámbulos bajo los efectos del alucinógeno.
Todo bien si uno decide consumir, con amigos, para recreación, sin ser obligados y plenamente conscientes de los posibles daños, pero distinto es el cantar cuando toda una generación de niños y jóvenes se pierde por la droga, sin que se haga o diga nada.
No quiero vivir en una sociedad así. Espero canales de contención, instituciones, que ayuden, y protejan al adicto y encaminen a las chicas para evitar males mayores.
Cuando leí la historia de Arthur Conan Doyle de la relación de Sherlock Holmes con la cocaína no me sorprendí por su mención, sino porque estaba pensando en los Juanes, Albertos, y Jorges, que había visto perderse por culpa de este elemento.
Después si Charlie García o Ringo Star piensan que es cool drogarse, está todo bien. Era mi humilde opinión, nomás.

Johnny era amigo de mi hermano y estudiaba en Tucumán, Argentina. Le gustaba jugar a los videos en su tiempo libre mientras seguía su carrera universitaria. Se manejaba solo, lejos de su familia cruceña, junto a los otros cruceños que estudiaban en aquella provincia. La mayoría alquilaba un departamento y se amontonaban varios estudiantes para ahorrar la mensualidad. No lo conocí demasiado, solo tuvimos algunos encuentros para comer o charlar, en grupo. Luego de unos años me enteré que estaba completamente perdido en la droga, de vuelta en Santa Cruz. Su madre lo había echado de casa…

Robi era aceptado en las mejores familias de la sociedad cruceña y las modelos posaban con él, aunque se sabía que su padre manejaba el cartel de la droga más grande de Bolivia y, tal vez, del mundo. Es que las familias miraban para otro lado sin importarles que la sociedad se fuera corrompiendo de a poco y preferían inclinarse ante el señor dinero…

Cuando la camioneta disminuía la marcha, desde las sombras, aparecían jóvenes, no mayores de 16 años, estirando sus manos, ofreciendo drogas. Jamás había visto eso antes de 1980 en Santa Cruz. La droga ya no solo se exportaba, también la consumían los jóvenes…

Salta, 28 de Noviembre de 2016

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Niños de la Calle (Santa Cruz de La Sierra)