Extrañas circunstancias

El señor Enfield cuenta la historia de un extraño hombre, difícil de describir, que tiene un accidente con una pequeña y la deja tirada en medio de la calle. Del clásico de Robert L. Stevenson, El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde.

… —Veo que siente como yo —dijo el señor Enfield —. Sí, es una mala historia. Porque mi hombre era un tipo que nadie querría tratar, un tipo realmente detestable. Y la persona que escribió el cheque es de las más delicadas, conocidas también, y (lo que es peor) uno de esos que hace el bien. Era un chantaje, supongo. Un hombre honesto pagando por sus pecados de juventud. Ese lugar con la puerta es lo que llamo chantaje. Aunque aún eso está lejos de explicar todo —añadió y con ello cayendo en una especie de contemplación.
Fue sobresaltado por el señor Utterson que le preguntaba algo súbitamente:
— ¿Y no sabes si el emisor del cheque vive allí?
—Un lugar probable, ¿no? —respondió el señor Enfield —. Pero me he dado cuenta de su dirección, vive en una plaza u otra.
— ¿Y nunca preguntaste por el lugar con la puerta? —dijo el señor Utterson.
—No, señor, tenía ésta delicadeza —fue la respuesta —. Estoy en contra de hacer preguntas, comparte demasiado con el estilo del juicio del día final. Uno comienza una pregunta, y es como tirar una piedra. Se sienta en silencio en la cima de una colina, y allí va la piedra, golpeando a otras. Y en realidad algún viejo (el que menos pensabas) es golpeado en la cabeza en su propio jardín y la familia tiene que cambiar su nombre No, señor, hago una regla de esto: Cuanto más se parece a un lío, menos pregunto.

—Una muy buena regla también —dijo el abogado.
—Pero he estudiado el lugar por mí mismo —continuó Enfield —. Parece apenas una casa, no hay otra puerta, y nadie entra o sale de allí, excepto, de vez en cuando, el caballero de mi aventura. Hay tres ventanas que miran al patio en el primer piso, ninguna debajo. Las ventanas están siempre cerradas, pero están limpias, y luego hay una chimenea que generalmente está encendida pues sale humo. Así que alguien debe vivir allí, pero no estoy tan seguro, porque los edificios están tan juntos, que es difícil decir dónde termina uno y comienza otro.
El par caminó de nuevo por un tiempo en silencio; y entonces,
—Enfield —dijo el señor Utterson —esa es una buena regla.
—Sí, creo que sí —respondió Enfield.
—Pero por todo eso —continuó el abogado —hay un punto que quiero preguntar. Quiero preguntar por el nombre de aquel hombre que pasó por encima de la niña.
—Bueno —dijo el señor Enfield —no veo qué daño haría: era un hombre llamado Hyde.
—Hm —dijo el señor Utterson — ¿Qué clase de hombre es él?
—No es fácil de describir. Hay algo mal con su apariencia, algo desagradable, algo francamente detestable, nunca vi a un hombre que me disgustara tanto, y, sin embargo, no sé por qué. Debe ser deforme en alguna parte, da un fuerte sentimiento de deformidad, aunque no pude precisar el punto. Es un hombre de aspecto extraordinario, y sin embargo no puedo nombrar nada fuera de lo común. No, señor, no puedo hacerlo. No puedo describirlo. Y no es falta de memoria, porque declaro que puedo verlo en este momento.
El señor Utterson caminó otra vez en silencio y obviamente reflexionando sobre algo.
— ¿Estás seguro de que usó una llave? —preguntó por fin.
—Mi querido señor… —comenzó Enfield, sorprendido de sí mismo.
—Sí, lo sé —dijo Utterson—. Sé que debe parecer extraño. El hecho es que si no te pregunto el nombre de la otra parte, es porque ya lo sé. Ya ves, Richard, tu relato ya lo había escuchado. Si has sido inexacto en cualquier punto, es mejor que lo corrijas.
—Creo que me habrías advertido —respondió el otro con un tono de malicia —. Pero he sido pedantemente exacto, como tú lo llamas. El tipo tenía una llave, y lo que es más, la tiene todavía. La vi usarla, no hace una semana.
El señor Utterson suspiró profundamente, pero nunca dijo una palabra. Y el joven reanudó. —Aquí hay otra lección para no decir nada —dijo —. Me avergüenzo de mi larga lengua. Hagamos un trato de nunca referirnos a esto otra vez.
—Con todo mi corazón —dijo el abogado —. Un apretón de manos por ello, Richard.
Aquella noche el señor Utterson llegó a su casa de soltero deprimido y se sentó a cenar sin disfrutar. Era su costumbre de los domingos, cuando terminaba la comida, sentarse cerca del fuego, con un volumen de alguna seca divinidad en su escritorio, hasta que el reloj de la parroquia cercana diera las doce, cuando se iría a la cama agradecido.
En esta noche sin embargo, tan pronto como quitaron el mantel, tomó un candelabro y fue a su escritorio. Allí abrió una caja fuerte, tomó un documento con la inscripción testamento del doctor Jekyll y se sentó preocupado a estudiar su contenido. El testamento estaba escrito a mano, porque el señor Utterson aunque se hizo cargo de él ahora que estaba hecho, se había negado a prestar la menor asistencia para hacerlo. Daba instrucciones para que en el caso de la muerte de Henry Jekyll todas sus posesiones pasaran a manos de su amigo y benefactor Edward Hyde, y en caso de la desaparición o ausencia inexplicable del doctor Jekyll, por un período mayor de tres meses, el mencionado Edward Hyde tomaría el lugar de Henry Jekyll sin mayores dilaciones y libre de cualquier carga u obligación, más allá de pagar un pequeña suma a los miembros de la servidumbre del doctor.
Este documento había sido un dolor de cabeza para el abogado. Lo ofendía como abogado y como amante del lado bueno de la vida, para quien lo caprichoso era lo inmodesto. Y hasta aquí era su ignorancia del señor Hyde que había aumentado su indignación. Ahora, por un súbito cambio, era su conocimiento. Ya era lo suficientemente malo cuando el nombre era solo un nombre del cual no conocía nada. Fue aún peor cuando empezó a ser recubierto con atributos detestables, de allí salía definitivamente el presentimiento de lo degenerado.
—Pensé que era una locura —dijo —mientras volvía a poner el desagradable papel en la caja fuerte —y ahora empiezo a temer que sea una desgracia.
Con esto apagó su vela, se puso un gran abrigo y se dirigió hacia la plaza Cavendish, esa ciudadela de la medicina, donde su amigo, el gran doctor Lanyon, tenía su casa y recibía a sus muchos pacientes.
—Si alguien sabe, será Lanyon —había pensado.
El solemne mayordomo lo conocía y le dio la bienvenida. No tuvo que esperar, sino que fue conducido directamente desde la puerta hasta el comedor donde el doctor Lanyon estaba sentado solo sobre su vino. Era un caballero sincero, sano, rubicundo y de cara roja, con un cabello prematuramente blanco y una manera bulliciosa y decidida. Al ver al señor Utterson, se levantó de su silla y le dio la bienvenida con ambas manos. La genialidad, como era la manera del hombre, era algo teatral a la vista. Pero reposaba en el sentimiento genuino. Pues estos dos eran viejos amigos, viejos compañeros tanto en la escuela como en la universidad, tanto respetuosos de sí mismos como de los demás, y, lo que no siempre sucede, hombres que disfrutaban mutuamente de la compañía… (Párrafos de Jekyll & Hyde, de Robert L. Stevenson, parte 2. Traducción propia.)
Juggernaut, 1851
Juggernaut, 1851

Para saber
La novela de Stevenson es conocida simplemente como Jekyll & Hyde. El impacto de la novela es tal que ha llegado a convertirse en parte de la lengua, con la frase Jekyll and Hyde significando a una persona que es vastamente diferente, en carácter moral, de una situación a la otra.
Artículos relacionados
De la web
De la época en que la radio adaptaba clásicos de la literatura, con grandes producciones, Theatre Guild on the Air producía Dr. Jekyll and Mr. Hyde:

¿Un buen cuento para sugerir? El caballito ganador, de DH Lawrence.