Lucha en Francia

De Dunkerque a Belport

Edith Wharton fue una de las pocas extranjeras en ser autorizadas a visitar el frente de combate durante la Primera Guerra Mundial. Junto a Walter Berry hizo cinco viajes entre febrero y agosto de 1915, que Wharton describió en una serie de artículos que fueron publicados en Scribner´s Magazine y más adelante como Lucha en Francia: de Dunkerque a Belport (Fighting France: From Dunkerque to Belport.)

La vista de París (agosto de 1914—febrero de 1915)
Agosto
El 30 de Julio de 1914, manejando en el norte desde Poitiers, almorzamos en alguna parte, al costado del camino, bajo arboles de manzanas al borde de un campo. Otros campos se abrían a nuestra derecha e izquierda limitando con un bosque y la torre de una villa. Todo era tranquilidad de medio día, y el soberbio disciplinado paisaje que la memoria del viajero es capaz de evocar como distintivamente francés. Algunas veces, aún para los ojos acostumbrados, estos separados campos y compactas villas grises parecen simplemente insípidas. En otros momentos la sensible imaginación ve en cada económico pasto y aún en un surco el incesante apego vigilante de fieles generaciones al suelo. El particular pedazo de tierra ante nosotros hablaba en todas sus líneas de ese apego. El aire parecía lleno de largos murmullos de esfuerzo humano, el ritmo de las tareas repetidas con frecuencia, la serenidad de la escena espantaba los rumores de guerra que habían colgado sobre nosotros desde esta mañana.

Todo el día el cielo había estado encapotado pero para el momento en que alcanzamos Chartres, hacia las cuatro, las nubes se habían enrollado bajo el horizonte, y el pueblo estaba tan saturado con luz del sol que pasar a la catedral era como entrar a la densa oscuridad de una iglesia en España. Al principio todo detalle era imperceptible. Estábamos en una oscura noche. Luego, al desaparecer las sombras gradualmente y juntarse en embarcaderos, explotaban grandes lluvias de colores. Enmarcados en tales oscuridades e imbuidos en un fuego de sol de verano, las ventanas familiares parecían singularmente remotas pero vívidas… Todo lo que una gran catedral puede ser, todo el significado que puede expresar, todo el poder tranquilizador que puede respirar al alma, toda la riqueza de detalles que puede imbuir en un largo pronunciamiento de fuerza y belleza, la catedral de Chartres nos entregó en esa hora perfecta.
Era el atardecer cuando alcanzamos la entrada de Paris. Bajo las alturas de St. Cloud y Suresnes las orillas del Sena temblaban con el lustre azul-rosa de un temprano Monet. El Bosque se extendía delante de nosotros en la tranquilidad de una noche de vacaciones, y el césped de Bagatelle estaba tan fresco como junio. Debajo del  Arco de Triunfo, los Campos Elíseos se inclinaban en una neblina de fuentes y el etéreo obelisco. Las corrientes de la vida de verano bajaban y fluían con un latido normal bajo los árboles de las radiantes avenidas. La gran ciudad, tan hecha para la paz y el arte y todas las gracias más humanas, parecía yacer al lado del río como una princesa resguardada por la vigilante gigante de la Torre Eiffel.
El siguiente día el aire estaba tormentoso con rumores. Nadie los creía, todos los repetían. ¿Guerra? ¡Por supuesto que no habría guerra! Los ministros, como chicos traviesos estaban de nuevo caminando al borde. Pero el incalculable peso de las cosas, de las necesarias cosas diarias de la vida, continuaba calmada y convincentemente mostrándose contra el intercambio de palabras diplomáticas. París continuaba regularmente su vida de medio verano de dar de comer, vestir o divertir a la gran cantidad de turistas que eran los únicos invasores que había visto por casi medio siglo.
Mientras tanto todos sabían que otro trabajo también estaba pasando. Todo el conjunto del país en su casi imperturbable rutina estaba atravesado con corrientes de invisibles y silenciosas preparaciones. Su sentido estaba en la calma del aire como el sentido del cambio del tiempo está en lo suave de una tarde perfecta. París contaba los minutos hasta que los diarios de la noche llegaban.
Decían poco o nada excepto lo que cada uno ya estaba declarando en todo el país.
— ¡No queremos guerra! “¡Mais it faut que cela finisse!”
Esto tiene que parar. Era todo lo que se escuchaba. Si la diplomacia podía prevenir la guerra, mejor. Nadie en Francia la quería. Todos los que pasaban los primeros días de agosto en París testificarían sobre el acuerdo de este sentimiento. Pero si la guerra tenía que venir, el país, y todo corazón, estaban listos.
En la boutique, la mañana siguiente, las cansadas empleadas se preparaban para salir en sus acostumbradas vacaciones. Se veían pálidas y ansiosas, decididamente había un nuevo peso de aprensión en el aire. Y en la calle Royale, en la esquina de la Plaza de la Concordia, unas pocas personas se habían parado para ver un pequeño pedazo de papel contra la pared del Ministerio de la Marina. Leían “Movilización General”, y una armada nación sabía su significado. Pero el grupo cerca del papel era pequeño y silencioso. Los pasantes leían la noticia y seguían. No habían gritos ni gesticulaciones: el sentido dramático de la carrera les había dicho que el evento era demasiado grande para ser dramatizado. Como un monstruoso alud se había cruzado en el camino de una ordenada y trabajadora nación, interrumpiendo su rutina, aniquilando sus industrias, separando familias y enterrando bajo un cerro de ruinas sin sentido la maquinaria de la civilización… (Párrafos de Fighting France: From Dunkerque to Belport, de Edith Wharton. Traducción y adaptación propia.)
Panfletos pegados en la pared en la Francia ocupada para apoyar la resistencia
Panfletos pegados en la pared en la Francia
ocupada para apoyar la resistencia

Para saber
Viajando en auto Wharton atravesó la zona de guerra, siendo testigo de una destruida villa francesa tras otra. Visitó las trincheras y estuvo cerca del fuego de artillería.
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