La Argentina violenta

¡Ahora los linchamos!

Donde leemos sobre la violencia en Argentina, un cuentito súper violento y recomendaciones a los turistas que visitan Salta, para viajar con seguridad.

Ahora se nos dio por agarrar a los chorros a balazos, tirarles el auto encima y golpearlos, y solo nos falta lincharlos en la plaza pública. En Salta estamos mal y en Buenos Aires peor, la violencia es de todos los días y no podemos pegar un ojo hasta que nuestros hijos vuelven a casa en una sola pieza después de bailar. ¡Qué violencia!
Esta Argentina nuestra está cada día más violenta y es, ni más ni menos, el salvaje oeste, el más rápido gana, el que desenfunda primero tiene el primer tiro. Y una sociedad así no nos gusta. Algo está funcionando mal, la justicia tardía o los jueces corruptos, tal vez, tengan algo que ver.
Esto ya venía pasando, uno de los últimos casos: un médico llegaba a su casa, es asaltado para robarle el auto, lo amenazan con matarlo, saca un arma y mata al ladrón.
Otro caso. Un carnicero es asaltado en su negocio, sube a su auto en persecución y les tira el auto encima a los ladrones. En las imágenes se ve la cabeza del delincuente debajo del auto y unas personas que se acercan a pegarle.

Y siguen: un funcionario público secuestrado, el robo de casas, el asalto para llevarse un auto, la amenaza para entregar el celular, el meterse a una casa a amenazar a los integrantes de la familia para que entreguen el dinero, el secuestro virtual, etc.
Police at Suffolk, 1900
Police at Suffolk, 1900
Sabemos que Salta ya no es más segura, como lo era cuando salíamos a bailar en los ochentas. Para colmo nuestros adolescentes salen a hacer la “previa” (a beber), antes de ir al boliche y lo común es que vuelvan alrededor de las seis de la mañana. Resultado: dormir a medias y prenderles velas a todos los santos.
No queremos que nos roben pero tampoco queremos armarnos y salir a los tiros. No estamos preparados para eso. Lo más seguro es que me vuele un dedo antes de pegarle a un delincuente. Porque cada uno estudió para su actividad específica, no para hacer de vengador anónimo o justiciero enmascarado.
Y es que los jueces deberían tener más cuidado a quienes liberan y ponerse más del lado de la víctima que del victimario. Proteger más a la sociedad, a los buenos. Que los que estén encerrados sean los violentos, que los que tengan miedo sean los que infringen la ley.
Y es que la policía debería ser más aséptica, libre de coimas, “protecciones” y apretadas. Que no sean socios de los ladrones, que no reciban dinero de los prostíbulos, que no dicten zonas liberadas. Y, por supuesto, debería ser bien pagada y pertrechada para que no caigan en tentaciones y sientan orgullo de pertenecer a su fuerza.
Por eso cuidado con nosotros, delincuentes. ¡No se metan con nosotros porque los vamos a colgar de las pelotas!

Recomendaciones, de un ciudadano común

No caminar por calles oscuras, es preferible gastar en un taxi.
No meterse en cualquier casa.
No tomar de un vaso ajeno, podría tener un sedante.
No caminar absorto en el celular, sin prestar atención alrededor.
Poner la plata, o billetera, en el bolsillo de adelante del vaquero, especialmente si viaja  en ómnibus.
Evitar las aglomeraciones.

A ver qué opinás de mi cuentito:

Sin delincuentes

A la gente se le enseña a ceder el asiento a los viejitos o a saludar al entrar a un lugar, pero no se le dice cómo defenderse de un agresor, de alguien que le puede hacer daño. Bueno, ese no es mi caso.
Eran aproximadamente las dos de la madrugada, todo estaba silencioso en la calle, y el auto paró cerca de la esquina, frente a la entrada de la casa. A mi lado estaba Christian, el chofer que me llevaba todas las noches, y don Ángel, el guardia de seguridad, sentado en la parte de atrás.
En mis manos solo tenía la pequeña cartera donde guardaba el dinero. Aquella noche se había recaudado cerca de mil dólares.
Christian estacionó, apagó el motor y abrió la puerta para ayudar a bajar los manteles sucios que estaban ubicados en la parte de atrás del auto. Christian era un hombrón de más de un metro con ochenta y no sé cuánto pesaría pero tenía dificultades para entrar  y salir del auto. La mayoría le decía gordo, aunque yo no me sentía cómodo llamándolo de esa manera.
Don Ángel ya estaba sacando los grandes bultos. Esta era la rutina.
Don Ángel tenía dos hijos, una parejita, que en esa época estaban en la primaria y, no sé por qué motivo, estaba separado y él criaba a sus hijos. También era alto aunque con ciertos “flotadores” de gordura alrededor de la cintura.
Bajé del auto, caminé tres pasos alrededor, y cuando estaba por subir a la vereda los vi. Eran dos jóvenes con las caras cubiertas con barbijos.
En aquella época se había declarado una epidemia de gripe A en Bolivia y las autoridades sanitarias recomendaban usar barbijos.
En ese segundo me di cuenta de que me iban a asaltar. A partir de allí, como en una película en cámara lenta, las cosas fueron pasando una tras otra, conmigo adivinando lo que iba a suceder, anticipando las acciones inmediatas.
Caminaron unos pasos por la vereda y cuando estuvieron en frente, no sé de donde, uno de ellos sacó una pistola con la que me apuntó, mientras decía algo que no llegué a entender… 

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Comentános sobre la violencia en tu pueblo. Siempre es bueno escuchar otras experiencias.