El Caballito

El Caballito Ganador, historia de DH Lawrence, escrita a principios del siglo 20, no perdió una pizca de frescura. Todavía seguimos buscando aquel dinero que nos permita vivir mejor y transmitiendo nuestra ansiedad a todos alrededor, chicos y grandes.

Había una mujer que era hermosa, que empezó con todas las ventajas, sin embargo, ella no tuvo suerte. Se casó por amor, y el amor se convirtió en polvo. Tenía hermosos hijos, sin embargo, sentía que habían sido arrojados sobre ella, y no podía amarlos. La miraban con frialdad, como si encontraran alguna falta en ella, y apresuradamente ella sentía que debía cubrir alguna falta en sí misma, aunque no sabía qué era lo que debía cubrir. Sin embargo, cuando sus hijos estaban presentes, siempre sentía su corazón endurecerse. Esto la preocupaba, y a su manera era tanto más gentil y ansiosa por sus hijos, como si los quisiera mucho. Sólo ella sabía que en el centro de su corazón había un lugar pequeño y duro que no podía sentir amor, no, por nadie. Todos los demás decían: "Eres una buena madre. Adora a sus hijos". Sólo ella, y sus propios niños, sabían que no era así. Lo leían en los ojos del otro.
Había un niño y dos niñas pequeñas. Vivían en una casa agradable, con un jardín, y tenían sirvientes discretos, y se sentían superiores a cualquiera de sus vecinos.
Aunque vivían con estilo, sentían siempre una ansiedad en la casa. Nunca había suficiente dinero. La madre tenía un pequeño ingreso, y el padre tenía un pequeño ingreso, pero no lo suficiente para la posición social que tenían que mantener. El padre iba a la ciudad a alguna oficina. Sin embargo, a pesar de que tenía buenas perspectivas, estas perspectivas nunca se materializaban. Siempre existía la sensación de opresión por la escasez de dinero, aunque el estilo siempre se mantenía.

Por fin, la madre dijo: "Voy a ver si puedo hacer algo". Pero no sabía por dónde empezar. Se devanó los sesos, y trató esto y aquello, pero no pudo encontrar nada exitoso. El fracaso le dejo profundas marcas en su rostro. Sus hijos estaban creciendo, tendrían que ir a la escuela. Tiene que haber más dinero, tiene que haber más dinero. El padre, que siempre era muy guapo y caro en sus gustos, parecía como si nunca sería capaz de hacer algo que valiera la pena. Y la madre, que tenía una gran confianza en sí misma, no tuvo mejor éxito, y sus gustos eran tan caros como los del padre.
Y la casa empezó a ser perseguida por la muda frase: ¡Tiene que haber más dinero! ¡Tiene que haber más dinero! Los niños podían escucharla todo el tiempo, aunque nadie lo decía en voz alta. La escucharon en Navidad, cuando los caros y espléndidos juguetes llenaron sus cuartos. Detrás del brillante y moderno caballito mecedora, detrás de la elegante casa de muñecas, una voz empezó a murmurar: "¡Tiene que haber más dinero! ¡Tiene que haber más dinero!" Y los niños dejaban de jugar, para escuchar por un momento. Buscaban los ojos del otro, para ver si todos habían oído lo mismo. Y cada uno veía en los ojos de los otros dos que también habían oído. "¡Debe haber más dinero! ¡Tiene que haber más dinero!"
caballito
Caballito de Madera, 1860,
Estocolmo.
Llegaba susurrando de las maderas del caballito en balanceo, e incluso el caballo, inclinando la cabeza de madera, campeón, lo oía. La muñeca grande, sentada tan rosa y sonriente en su nuevo cochecito, oía con toda claridad, y parecía sonreír consciente de la situación. El tonto cachorro, también, que tomaba el lugar del oso de peluche, se veía extraordinariamente tonto por ninguna otra razón, que la de escuchar el susurro secreto por toda la casa: "Tiene que haber más dinero".
Sin embargo, nadie lo decía en voz alta. El susurro estaba en todas partes, y por lo tanto no se hablaba él. Del mismo modo que nadie dice: "¡Estamos respirando!" a pesar del hecho de que la respiración va y viene todo el tiempo.
-¡Mamá! –dijo Paul, uno de los chicos, un día -¿Por qué no tenemos un auto? ¿Por qué siempre usamos el auto del tío, o un taxi?
-Porque somos los miembros pobres de la familia –contestó la madre.
-Pero, ¿por qué, mamá?
-Bueno, supongo –dijo la madre, lenta y amargamente –que porque tu padre no tiene suerte.
El chico estuvo en silencio por un momento.
-¿Es la suerte el dinero, mamá? –preguntó algo tímido.
-No, Paul. No es tan así. Es lo que causa tener dinero.
-O, pensé que cuando el tío Oscar decía sucio suertudo, se refería al dinero.
-Lucro sucio significa dinero –dijo la madre –pero es lucro no suerte.
-O, entonces, ¿qué es la suerte, mamá?
-Es lo que provoca que tengas dinero. Si tienes suerte tienes dinero. Esa es la razón por la que es mejor nacer con suerte que rico. Si eres rico puedes perder tu dinero, pero si tienes suerte siempre puedes tener más dinero.
-O, ¿y papá no tiene suerte?
-Diría que muy poca –dijo la madre amargamente.
El muchacho la miró vacilante.
-¿Por qué?
-No lo sé. Nadie sabe porque una persona tiene suerte y otra no… (El Caballito Ganador, historia de DH Lawrence. Traducción propia.)

Recursos
The Rocking-Horse Winner. Minute Book Report to practice your English.

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