Lo que leíamos…

(Cuando leíamos) los Salteños


Dos viajeros del espacio llegan a la ahora destruida ciudad de Salta para desenterrar los escritos antiguos, los viejos escritores y las ideas de la Salta anterior a su destrucción.

Salta era ahora una manta inhóspita, sin verde, al que llegaban Hans y Greta. Con apenas dos horas de tiempo, para extraer algunas muestras de quienes vivieran en el lugar, y retomar a su base inter galáctica.
Hans sacó su equipo manual para constatar la existencia de radiación en el lugar más afectado por la explosión atómica. Greta era especialista en civilizaciones extinguidas y le pareció una excelente oportunidad para encontrar material de aquella ciudad que floreciera doscientos años atrás.
Hans observó a su compañera preparar su equipo de excavación y no pudo dejar de sonreír recordando cuando los presentaran. La joven tenía un aire a aquella vieja actriz de siglos pasados, que protagonizara “Bajos Instintos”.
Greta extrajo cuidadosamente lo que parecía una carpeta de un gran montículo de arena y empezó a limpiarla cuidadosamente.
-Parece contener papeles y recortes de diarios de la época.
Apoyó la carpeta en una desvencijada mesa y contempló varias hojas amarillentas. Un párrafo decía:
“… estamos tan colonizados mentalmente que preferimos leer a Virginia Woolf en vez de a Juan Carlos Dávalos. Creemos que porque son extranjeros se constituyen en autoridad y pueden dictar cátedra de vanguardia y originalidad. Todos los salteños deberíamos estar recitando las coplas de César Perdiguero y estar orgullosos de nuestro pasado.”


iglesia san francisco
Iglesia San Francisco, calle Buenos Aires. Salta
Dos gordos ratones sacaron sus cabezas de sus madrigueras y al constatar que aquellos personajes no constituían peligro alguno, volvieron a sus actividades.
Hans consiguió desenterrar una hoja medio chamuscada. En el título se leía Santiago Sylvester, “Tu amigo que te quiere”. Se arrodilló y poco a poco fue cavando alrededor, con todo cuidado. Debía haber algo más.
-¡Bingo! –gritó el investigador. Lentamente consiguió sacar la parte faltante de la hoja que había encontrado antes. La hoja tenía lo siguiente:
“Dos cosas fundamentales me unían a Robusto Bitácora: la infancia, ya que los dos fuimos niños alguna vez, y el hecho de que él quería ser escritor y yo no.
Robusto Bitácora era lógicamente su seudónimo, y me consta que lo eligió con cuidado. Después de rechazar varias docenas, apeló a la ley de los grandes números, a sus conocimientos de etimología y a eso que, por inexactos, llamamos inspiración, con lo que logró reducir a tres el número de sus posibilidades. Luego escribió los nombres en distintos papeles, los puso en su sombrero y, aplicando el muy censurable sistema del sorteo, obtuvo finalmente ese seudónimo que, debo reconocerlo, estaba bastante bien. Tenía la virtud de parecer lo que es. Un seudónimo que no parezca tal, como Rubén Darío, Pablo Neruda o Marilyn Monroe… Siempre he creído que las cosas deben ser lo que parecen, éste mundo ya es demasiado complejo coma para sumarle incertidumbre; lo único que se logra es darle más chance al error y esto es claramente una tontería. De ahí que sospeche del claroscuro, del tornasol, del agridulce, de la metáfora y, en general, de la literatura, esa materia acosada por la paradoja, según la cual es necesario mentir mucho para que algo sea finalmente verdad…”
Greta se acercó a su compañero. Había logrado recupera una lista con nombres de escritores salteños:
Rosario Solá Gonzáles, Gustavo Rubens Agüero, Carlos Jesús Maita, Ernesto M. Aráoz, Federico Gauffin, Manuel J. Castilla, Jacobo Regen, Raúl Aráoz Anzoátegui, Antonio Nella Castro…
-Acá hay algo interesante –dijo Hans, mostrando otro párrafo legible solo en partes:
“… ya no sabemos escribir, y no nos importa, y nos importa menos leer. Los chicos están más interesados en la “play” o en el “celu” que en descubrir un autor nuevo o una historia extraordinaria…”
Greta acomodó los documentos que había encontrado en una mochila.
-Voy a entrar en la base de datos. No tengo conocimiento sobre estos escritores.
-Seguimos igual que hace siglos. Ahora tampoco la gente lee. Tal vez ahí esté la clave de la auto destrucción de las civilizaciones, el tomar todo superficialmente.
Greta levantó su equipaje y se dirigió al punto de extracción sin mirar atrás.
Hans la vio alejarse y se preguntó si habría escuchado su comentario. Había muchas cosas que quería conocer de esa mujer. Tal vez más adelante. Una suave briza levantó el polvo que cubría la ahora tenebrosa y solitaria ciudad. Hans también acomodó sus cosas y se alejó hacia el lugar de encuentro.

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