Amor de Infancia

En estos días de frío y lluvia en Salta, donde es mejor estar encerrado al lado del bracero, mi comprovinciano Carlos Jesús Maita me hace llegar este cuento, Amor de Infancia, del 2015. Solo me atreví a darle un nuevo formato y lo que van a leer es tal y como lo mandó este escritor.

Levanté la vista y la vi, inconfundible, única. Con sus ojos claros y su pelo negro.
Fue al final de la presentación de “Fábulas para esculpir en un corazón de piedra”, en la sala “Leopoldo Lugones” de la feria internacional del libro.
“Vi en Página 12  que presentabas tu libro”, me dijo.
Conservaba su belleza adolescente potenciada por su madurez. La cintura imposiblemente estrecha. Los glúteos redondeados debajo del vestido negro de noche. Los pechos turgentes como pomelos. Los labios carnosos, sensuales. Y esa voz cuasi aguardentosa que me estremeció, y que aún hoy me atormenta:
“¿Me firmas tu libro?”, dijo.
Me tembló la mano con la Parker. Sonrió. Murmullos descuidados de Wrham volvió a sonar en alguna parte. Y Rod Steward y Demis Russos y Bonnie Tyler y Elton Jhon y Terry Winter.
Me esperó paciente como una niña al final de la sala, salimos. Me llevó a Barrio Norte en su auto, cerca del cementerio de La Recoleta, sobre la calle Alvear.

“¿Te sigue gustando el pollo al horno con papas y romero?”, dijo.
gas aerogeno
Gas Aerógeno, 1902
Cenamos.
“Mis dos hijos estudian en Sidney”.
Vi el retrato de un hombre cruel en la pared.
“¿Ves?”, dijo, “no puedo negar que busqué a alguien parecido a vos. Fue comisario de la Federal en Lomas de Zamora. Sin tu paciencia, por supuesto, sin tu dulzura de pibe de barrio”.
Sonreí.
La receta del exquisito helado de postre me dijo que la había conseguido en México o algo así.
Acaricié su pelo sedoso, negro como la noche. Recordé cuando le recitaba al oído Poema 20 de Neruda. >”La noche está estrellada y ella no está conmigo…” Puso música de los ‘80.
“Él odia los 80”, dijo señalando la pared.
Trajo champán. Hielo. Y brindamos por los viejos tiempos. Danzamos sobre la espesa alfombra Kalpakián. Por la ventana del departamento Buenos Aires salpicaba de luces distorsionando su misterio, su soledad, su muerte.
“Siempre te amé”, me dijo, “estaba loca por vos a los 14 años. Lloré, me mortifiqué pensándote cuando me vine del todo aquí, con mis padres. Odio el tren que me arrancó de tu lado”.
“No había laburo”, le dije, “en el 79 se puso feo. Por eso se fueron tus padres, los padres de otros amigos a los cuales extrañé tanto. A todos los arrancó la circunstancia. Vos sabés, los milicos de la dictadura hicieron lo que hicieron…”
“Nunca te olvidé”, me dijo, “mi hijo mayor lleva tu nombre”.
En la ventana llovía. Y desde allí al fondo de nuestros huesos. Las luces se empañaron. La música nos transportó a mundos que creímos perdidos definitivamente en la bruma.
“Hoy, al verte en La Rural, no sé, me iluminaste tanto. Esa sonrisita triste, esos gestos de niño, tus libros ahí, como cuando te veía en tu casa en Villa Vivero... Nunca te olvidé…”
La abracé fuerte, casi hasta dejarla sin aire.
“Siempre estás en mis escritos”, le dije, “no puedo alejarte de mí”. 
Nos besamos apasionadamente mientras sonaba “Emotion” de Samantha Sang.
“Tus discos de Sting, tu camiseta de Progreso…, ah, sí, todo eso…, siempre veo todas tus fotos en el Facebook... No me  animé nunca a escribirte una palabra en el muro, nunca…, ni un mensaje privado…, nada… Me mantuve al margen, muda, sufriéndote…”
Recordé la tarde de verano en que nos besamos en la estación de trenes. El sol caía rojo y nuestros corazones resplandecían como de hierba nueva, de músicas transparentes. Mi mano bajó por su cintura a la entrepierna. Ella se entregó mansamente.
Pero de golpe me detuvo.
“¡Esperá!”, me dijo, como en un súbito arranque de arrepentimiento. “Estamos locos, locos... Yo me debo a mi casa, a mis hijos, a mi esposo…, no puedo estar haciendo esto…, con un… desconocido… Te traje a casa sólo para hablar…”
Pero no dijo nada más, la tomé con fuerza y la pegué contra mi cuerpo. Ella se entregó a la placentera tibieza del deseo. Fueron dos horas al margen del tiempo. Dos horas de éxtasis donde nuestras voces y jadeos parecían provenir desde la infancia, desde aquella primera vez que hicimos el amor en la casa de su madre, en el altillo, cerca del cielo, en un cobertizo de la terraza rodeado de macetas con plantas y flores olorosas de lavanda, entre cuadros destartalados de pájaros extraños pintados al óleo. Nunca me gustaron esas pinturas grises, agrestes, de flores marchitas, de mujeres de luto, de pájaros con miradas que parecían sangrar.  
Después me ofreció un cigarrillo. Y ella extrajo un polvo blanco del cajón de la mesa de luz, lo cortó con su tarjeta Visa y aspiró, sacudió suave, bellamente su cabeza. Y me invitó a aspirar. Acepté.
“Si me hubieras querido de verdad quizá, podías haber hecho algo más que mandarme dos cartas”, me dijo.
“Quizá me faltó coraje y decisión”, le dije. “Y dinero, por supuesto. Porque éramos muy jóvenes, casi niños, y nunca tuve ni cinco en el bolsillo”.
“Pudiste haberte colado en un tren carguero y venirte si querías”.
“Mil cuatrocientos kilómetros con el trasero sobre el carbón en piedra en un tren carguero para ver al ser amado. Hubiera sido toda una odisea romántica. Lo que importa es que estamos juntos nuevamente. El ahora es el ahora”.
Meneó la cabeza. Volvió a aspirar.
“A veces la noche se desvanece como el encanto de la Bella durmiente”, dijo.
La música romántica de los ‘80 sonaba sacándonos del círculo temporal de la realidad, nos transportaba a la atmósfera agridulce del pasado, a su aire suave, mágico, trágico, doloroso. Sonó “Ello Stranger” de Yvonne Elliman. “¿Alguna vez te sentiste un extraño en vos mismo?”, me dijo.
Nos dimos otro saque de blanca, un par de tiritas en la mesa de luz antigua. La tarjeta Visa.
“Me hiciste tanto daño sin estar, hasta pensé en suicidarme cuando llegué a Buenos Aires. Y después pensé que vendrías, y salí a buscarte, me pasé horas vagando entre los rascacielos, nombrándote, vagando por Retiro, por aeroparque, dejando rodar el alma sobre las aguas barrosas del río en la Costanero. Y después, no sé, quise hallarte para meterte una bala entre los ojos”.
Me reí de su ocurrencia. Y ella sonrió sacando de su cartera D&G con diseño estilo Piet Mondrian un revólver flamante, un Taurus 85 de cinco tiros.
“Bailemos”, le dije.
Volvió a aspirar. Se sirvió un vaso de wiski. Agitó los cubitos de hielo. Lo bebió de un solo trago. Se sirvió otro.
“Llevo una vida de perros”, dijo. “Ni el infierno sería peor. Ese hijo de puta me golpea, siempre me golpeó…, por nada…”
Su mirada gris azulada se extravió frente al retrato de la pared… (Continuará… Amor de Infancia, de Carlos Jesús Maita.)

Para saber
La dictadura militar en Argentina tuvo lugar entre 1976 y 1983, haciéndose del poder en marzo de 1976, en medio de violentos conflictos entre los que apoyaban al fallecido Juan Domingo Perón. La dictadura continuó la “guerra sucia” y después de perder la guerra de Malvinas, debió entregar el poder en 1983.
Carlos Jesús Maita: es poeta, narrador, ensayista, y docente. Nació en Arenal, Rosario de la Frontera, Salta, en 1965. Escribió su primer poema en 1976, a los 10 años, y su primera narración a los 13. A los 21 recibió el prestigioso premio Fundación Fortabat en Buenos Aires.

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