Amor de Infancia. El Final

El reencuentro es en Buenos Aires después de tantos años, desde la época de la infancia. Ambos son adultos y tienen vidas distintas. Del salteño Carlos Jesús Maita, Amor de Infancia.
“Sos la mujer más hermosa que conocí en mi vida”, le dije.
La tomé de la mano. La abracé nuevamente. Ella comenzó a sollozar. Se sirvió otro vaso de wiski. Volvimos a besarnos con locura.
“…Y ahora aparecés de nuevo, así como así, como un fantasma”, me dijo. “Me hiciste tanto daño sin estar. Los hombres sólo sirven para destruir a las mujeres, estando o no estando con ellas. Son violentos sin importar la dimensión en la cual se mueven…”
La acaricié, palpé sus lágrimas frías en sus mejillas rosadas.
“Son las reglas del juego de la vida”, le dije.
“Malparido”, me dijo, “sos un malparido, como todos. Y estoy harta de Buenos Aires, harta de la vida puta que llevo, harta de haberte extrañado tanto tiempo. Ya ni me parece que fueras vos el que extrañé. Sos otro”.

Volví a besarla, sonaba un reggae triste de Bob Marley. Creo que Esperando en vano. Bailamos. Nos apretamos más con El gran simulador por Freddy Mercury. 
“Una vida de mierda”, dijo, “me extirparon los pechos por el cáncer, ¿sabés?, estas lolas son implantes...” 
La seguí acariciando, casi como hace un chamán para echar afuera los fluidos espirituales nocivos del cuerpo de una mujer desquiciada. La acaricié como acarician los niños, con ternura, posesivo.
“¿Cómo hacer para volver a la infancia, a la adolescencia en el barrio en que vivimos, entre barriletes, haciendo con cañas chozitas de indios, entre quintitas fragantes a donde entrábamos a robar higos y duraznos?...”, dijo. “Eso sí que fue la felicidad…, decime que eso fue realidad, por favor…, decime que fue real, que no viví delirando…”
Nos sentamos. Bebimos otro wisky. Fumamos otro cigarrillo. Me contó que dos hombres vestidos de curas la habían violado en el baño de un subte cuando volvía de su clase de violín. Aún era niña cuando eso pasó. Y en esas idas y vueltas por la policía conoció a su esposo. Diez años mayor que ella. “Qué paradoja”, pensé, por lo de la violación y el violín.
Ella bebía en abundancia.
“Y elegí a ese tipo porque vi en sus facciones algo parecido a vos… Quizá me equivoqué, quizá no… A veces la memoria es traicionera…”
“Ahora importa que volemos a estar juntos”, le dije.
“Pero no soy la misma”, me dijo, “ni vos sos el mismo. Vos con tus heridas y yo con las mías… Y con cáncer a los cuarenta y seis años... ¿Viste que me voy a morir?”
Me estremecí. Volvió a aspirar el polvo blanco. Tenía el pelo revuelto. El delineador corrido. El rouge transformado en una especie de una costra untuosa.
“¿A qué viniste, vos?”, me dijo, acusativa, “decímelo, ¿a qué mierda viniste vos…?
“A verte, vine a verte”, le dije, “vine a reencontrarte, a recobrarte como a un tesoro perdido”.
“No hables cagadas”, me dijo.
“Simplemente te digo la verdad”.
“La verdad no existe. Ninguna verdad es verdadera. Ni siquiera lo que rezuma la cloaca de la memoria…¿Te acordás de Villa Vivero?”, me dijo, “Yo estaba muy enamorada de vos, a los siete años de edad ya te deseaba, preguntaba por vos en la escuela, te miraba jugar a las bolillas y te quería para mí, te miraba pescar mojarras en el río Rosario o bañarte en sus agua y quería estar con vos, arrojarme desde la barranca llena de sol con vos, desnuda con vos... Te miraba pasar al matinée del Cine Güemes y tenía ganas de gritarte que te amaba…”
Le dije que dejara de aspirar. Que dejara de beber así, desaforadamente.
“¿Y quién sos vos para prohibirme?”, me dijo, ya agresiva. “¿Sabés que puedo meterte una bala en los sesos?”
“A los recuerdos no se los mata a balazos”, le dije.
“Ah, ¿eso crees?”, me dijo. Volvió a tomar la Taurus y me apuntó a la cabeza. “Vos sos un mal recuerdo, sólo un mal recuerdo, y voy a matarte. Porque también sos culpable de mi infelicidad”.
“Deja esa arma”, le dije.
“Yo siempre te esperé, y en vano”, me dijo.
“Nadie es culpable de nada”, le dije, “la vida es como es, y punto. Nadie es culpable de la infelicidad de nadie, porque a la felicidad y a la infelicidad se las fabrica uno mismo”.
“No me vengas a mí con fases hechas, con pelotudeces”, me dijo.
Vi en sus ojos un brillo extraño, mezcla de dolor y de odio, la expresión cáustica de una mujer desalmada. Fue algo que me enfrió la sangre.
 “Te voy a matar, hijo de puta”, me dijo, “fui a buscarte a la Feria del Libro para traerte y matarte, matarte aquí mismo, siempre fuiste mi dolor, mi tortura, sos como un demonio que me atormenta desde lejos. Y no es la letra de un puto tango lo que digo”.
Me reí, me reí a carcajadas pensando más que nada que así podía descomprimir la situación.
“Estás loca”, le dije. “Ya está, dejá esa arma ahí, tranquila”.
“No”, me dijo, “décadas esperé tenerte a mano para sacarte definitivamente de mi vida. ¿Por qué fuiste tan cruel conmigo?”
“Los recuerdos no son crueles”, le dije, “es uno quien se da manija, quien se maquilla de recuerdos ante el espejo que nos obligamos a ver, es uno quien se hiere con ellos como quien juega imprudentemente con una navaja afilada. Eso es todo”.
“¿Insinuás que estoy loca?”
“No, no, para nada”.
“Te estoy confesando que viví enamorada de vos y me tratás de loca. ¿Así que no soy ni un fantasma para vos?”
“No dije eso, no dije que sos un fantasma”.
“Soy un fantasma. Pero los fantasmas podemos matar, fantasma de mierda”.
Volví a reír. Ella se sirvió otro vaso de wiski White Horse.
“El caballo blanco del wiski es un caballo fantasma”, me dijo, “nos enfantasmamos cuando bebemos, lejos del sol”.
Sonaba “Lets just kiss and say goodbye” por The Manhattan.
“Los fantasmas no matan, y tampoco se puede matar a un fantasma”, le dije.
Remontó el arma.
“Por favor, dejá de jugar con esa Taurus”, le dije.
“Yo no estoy jugando, pienso matarte de verdad”, dijo.
“Si disparas, seguiré siendo un fantasma. Guardá esa Taurus”.
Ella sacudió la cabeza negativamente. Me reí de nuevo, tratando otra vez infructuosamente de descomprimir la situación que me parecía bastante estúpida. Ella estaba ebria, drogada.
“¡Llevame a Rosario de la Frontera”, me dijo luego de un silencio, mirándome con los ojos más tristes que los de un payaso, eran los ojos más tristes que vi en mi vida.
“Sacame del infierno”
 “No hay modo”, le dije, “tengo mi familia, y vos tenés la tuya, nada podrá ser como antes. Aunque podremos tener estos encuentros cuando queramos, podemos pasarla bien las veces que nos plazca. Los fantasmas pueden atravesarte entre ellos, pueden penetrarse sin hacerse daño, cariño”.
Reaccionó con violencia, y disparó. La primera bala rozó mi sien y dio en la pared. La segunda rozó mi hombro trizando el vidrio de la ventana. La tercera quemó mi pantalón a la atura de la rodilla. La cuarta fue al cuadro, al centro del retrato de su esposo. El disparo lo perforó en la frente. Y la quinta bala fue la decisiva.
“¡No!”, le grité. Pero no hubo caso.
Se voló los sesos por la boca.
Sonaba “If you don’t know me by now” (Si no me conoces ahora) por Simply Red.
Hui del departamento, aterrado, con la garganta quemada de angustia.
Salí disparado del ascensor hacia la calles. Afuera lloviznaba. Subí al subte. Pegué la cara al vidrio frío de la ventanilla abofeteada por la lluvia del alba.
Quizá yo la maté… Vaya a saber... (Cuento de Carlos Jesús Maita, Amor de Infancia)

Para saber
Carlos J. Maita publicó los libros:
“Coplas de la comparsa” (coplas, Tunparenda, Salta, 1992);
“Poética sin licencias ni vacaciones pagas” (poemas, Comisión Bicameral Examinadora de Obras de Autores Salteñas, OAS, Salta, 1993);
“Apuntes sobre la literatura del Noroeste Argentino” (ensayo, OAS, Salta, 1996);
“Fuego de los tiempos (cuentos, OAS, Salta, 1997);
“100 Coplas Populares de Rosario de la Frontera” (recopilación, Grupo TAKKU, Rosario de la Frontera, 2001);
“La experiencia del soneto” (ensayo, Secretaría de Cultura de la Prov. de Salta, 2005);
“Los buscadores de islas” (cuentos infanto-juveniles, Sec. de Cultura de la Prov. de Salta, 2005);
“Los pañuelos de las madres (poemas, Grupo TAKKU, Rosario de la Frontera, 2006);
“Fábulas para esculpir en un corazón de piedra” (cuentos infanto-juveniles, Sec. de Cultura de la Prov. de Salta, 2011).