Soñar no cuesta nada

De Juan Manuel Urtubey, la novia, y nosotros, los que andamos a pie. De tanto pensar se me ocurrió un cuentito al final. Editorial para no llorar.

El hecho había aparecido en las noticias. Nuestro gobernador Juan Manuel Urtubey había viajado a Estados Unidos. No viajaba solo, lo hacía con su flamante novia, la actriz Isabel Macedo. Según las fuentes periodísticas viajaba para conseguir fondos para nuestra empobrecida Salta. Allí se me ocurrieron algunas preguntas: ¿Viajaba con su novia? ¿Y quién pagaba por los pasajes y la estadía de los “chorlitos”? ¿La provincia, o sea todos nosotros, ellos mismos, el gobierno nacional?
Juan Manuel Urtubey había sido noticia meses antes al ser el primer gobernador en cortar con los Kirchner (el gobierno nacional de entonces) y acercarse al nuevo gobierno de Macri (Mauricio, el nuevo presidente de Argentina). También había dado la nota, especialmente en los programas de chimentos, por ponerse de novio con la actriz Isabel Macedo, hermosa actriz de telenovelas. A los salteños el tema del noviazgo no nos molesta. Estaba divorciado, creo, y podía salir con quien quisiera, con Sancho, Pedro o Martín, o Isabel, para el caso.
En Nueva York, supongo, tendría una agenda apretada. Almuerzos de negocios, conferencias, entrevistas con funcionarios de alto nivel. ¿Dónde encajaba una novia reciente en todo eso? Comparativamente, cada salida con mi mujer significa ver vidrieras, preguntar precios y comprar cosas para los chicos o para ella. Nada que yo haga cuando salgo solo. ¿Isabel? Querrá ver la estatua de la libertad o caminar por Greenwich Village, como mínimo. No creo que quisiera quedarse sola en el hotel por más lindo que éste sea. Y gastar unos dólares, va a gastar, eso seguro.

En Salta la estamos pasando mal, tenemos sueldos bajos, despidos y gente sin trabajo. Entonces, lo que esperamos todos los salteños es que nuestros políticos sean eficientes, que sean austeros, que viajen con empresarios para qué cierren negocios y traigan inversiones para la provincia. Nada más. Dejemos a nuestras novias y esposas para otra ocasión, para nuestras vacaciones. Es más honesto decir que estás cansado y necesitás quince días para despejarte. Ahí sí, viajá con quien quieras, Juan Manuel, que es tu derecho. Todos tenemos derecho a descansar. No sé por qué mientras reflexionaba sobre el tema se me atravesó la historia de Oliver Twist, el pobre y triste huérfano abandonado, golpeado e insultado por todos, aprovechado por funcionarios de gobierno, que les interesaba más su bienestar que el bienestar del miserable Oliver.

Caminé unas cuadras por mi barrio hasta la parada del ómnibus. Era temprano, sábado, y hacía mucho frío. Saqué mi último cigarrillo y lo prendí. Odio el frío, la campera me parecía un papelito que no abrigaba nada y para colmo me esperaba un día horrible, cavar en medio del barro, meter las manos en agua sucia o andar a gatas debajo de una pileta de cocina. Y todo sin campera, medio mojado y muerto de frío.
Había decido no seguir estudiando y la vieja me torturó un mes hasta que consiguió que buscara trabajo.
— ¡No voy a mantener a ningún vago! —me gritó mientras golpeaba la puerta con violencia detrás de mí. Un amigo de mi viejo me dijo que necesitaba ayudante. Era plomero.
Mamá es exagerada, siempre. Cuando papá nos abandonó estuvo renegando un mes entero. Por un lado agradecía no tener que seguir manteniendo “un bueno para nada”, por el otro lloraba porque estaba sola y a cargo de cuatro hijos. Yo, de dieciséis, el mayor.
Llegué a la parada del ómnibus y al rato llegaron dos señoras más. Todos serios. Nadie saludó. Conecté los auriculares al celu y puse la música. Sin querer se me pasó por la mente la noticia del gobernador viajando a Estados Unidos con Isabel Macedo. Había escuchado el comentario que hicieran unos vecinos. Preciosa Isabel, siempre me gustó.
Me acomodé en mi asiento y cerré los ojos. Vi caminar a Isabel por Tiffany, cargada de bolsos, sonriendo, moviéndose elegante, sabedora de su belleza y del efecto que causaba sobre los hombres. Algunos se daban vuelta a mirarla. Alguien dijo:
— ¡She is Argentinian!, como explicando “eso” que no todas tienen, excepto nuestras mujeres argentinas, creo.
Me bajé en una esquina poco iluminada, al lado del pozo de un bache que nos hizo rodar de un lado al otro en el colectivo. No había desayunado y sentí una languidez en el estómago. Tenía algunos pesos en el bolsillo y nada más, tal vez me alcanzara para un paquete chico de galletitas. Ojalá estuviera en casa, en la cama, calentito. Ojalá estuviera con Isabel Macedo en Estados Unidos… FIN
Jorge, el amante plomero
Editorial de mayo de 2016, ahora actualizada

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